No te vayas, quédate. Conmigo.

Pasaron a lo menos cuatro días, ya no lo recuerdo bien...
Fiorella no salía de su casa, era como esas flores que tratan de resistir un otoño más... Con todas sus fuerzas, riendo cuando quería llorar.
Extrañar no es fácil. No. Pero no puede contra eso. Es superior a todas sus fortalezas. Le gana, a cada momento.
De pronto, sintió rabia consigo, por que nunca, nunca había dejado de ir a la playa, como acostumbraba poco antes de que el sol se despidiera cortésmente. Entonces caminó.
Sentía como la brisa saludaba a esas lágrimas invisibles, que solo ella sentía -por que lo húmedo se enfriaba más rápido con el viento- pero nadie se daba cuenta...
Entonces, llegó, y sin recordar lo que prometió, se sentó sobre una roca altísima, que ponía todo el océano ante sus pies, tan ilimitado, tan colosal... Y entre pensamientos tormentosos, y vagabundos, divisó esa sombra que había esperado desde hace muchas vidas: era Otto.
Se emocionó sobremanera, necesitaba hablar con él, simplemente saturar su alma con todas las fantasías y colores que nadie más podía brindarle... Pero el no la vio.
Entonces Fiorella bajó rápidamente, sin saber cómo, y comenzó a correr por la arena, que a cada paso parecía más densa impidiendo que su corazón pudiera estar al fin, susurrándole a Otto lo mucho que lo extrañó, lo mucho que lo necesita...

-Otto, ¡Otto! -gritaba como nunca antes lo había hecho, como no estaba acostumbrada a hacerlo-.

Otto parecía sonámbulo, como si hubiese muerto, y no fuera más que un espíritu divagando por en medio del mar.

-Otto, espérame...

De pronto, se detuvo, pero no volteó a ver quien lo llamaba con tal fervor... Y ella en un acto impulsivo, le tomó la mano derecha y lo giró hacia ella...

-Otto ¿estás bien?
-Fiorella... -fue todo lo que dijo y sin más la estrechó contra su pecho expresándole a ella una sensación casi apocalíptica...-
-¿Qué te pasa, por qué estas así?
-No quiero nada, nada... Estoy muy triste. La melancolía de pronto tomó mi mano y no me deja, no me deja...
-Tranquilo... Ya estoy aquí... No te dejaré solo...
-Mírame, me siento un don nadie. No estoy bien, mejor te veo mañana...
-¡No! No te vayas... Quédate aquí, conmigo...

Fiorella se sentó en la arena, y lo miró. Él de inmediato entendió el mensaje oculto, sin comprender tal conexión entre los dos. Apoyó su cabeza en el regazo de esa flor pequeña que desde el primer momento lo mantuvo alerta, misteriosamente encantado...
Ella acariciaba su cabello casi de una forma maternal, como si se conocieran desde siempre, y él se quedó dormido... Sollozando en silencio, mientras ella... Ella se acomodó muy cerca de su corazón... Y cerró sus ojos... No se durmió, por que quería escuchar el corazón de Otto, la frecuencia, y el espacio temporal que los abrazaba, completamente detenido...

Fiorella sintió que estaba junto a un niño pequeño, indefenso, que estaba rodeado de sentimientos que jamás le debieron pertenecer, y desde ese momento, se prometió a si misma no abandonarlo nunca. Nunca. Al menos no por ese atardecer.

1 han escrito lo que sienten:

Sara dijo...

Hay personas que tan sólo necesitan de un cálido abrazo.. y se quedan...

Qué lindo relato

Saludos!

 

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