Columpios rojos.




-¿Franelí? Franelí... Deja de balancearte, te caerás...
-Estoy... Estoy bien -dije emocionada, aún sin conocer el motivo.
-¿Te gusta el viento verdad?
-Mucho... Aunque a veces se equivoca un poco, me gusta. Me gusta como roza mi cara, o como me enfría el cuerpo.
-Eres rara.
-Ya lo asumí.
Reímos. Mi mejor amigo siempre me dice lo que piensa, conveniente.
-¿Qué harás ahora? -preguntó con cuidado...
-Sentir.
-¿Y antes no?
-Sí, pero ahora es diferente.
-Diferente -dijo medio irónico, lo sé.
-Sí -recalqué- Ahora siento y vivo a la vez.
Los mimos pueden hacer que todo sea de colores...
-Vivir y sentir -repitió.
-Vivir y sentir.
Continuar balanceándome... Ahora sintiendo el viento, y no esperando a que él sienta por mi.
-Me gustas.
-Tu me gustas también -sonreí.
Mi amigo es gustable, concluí.
-Jaja, cállate y blancéate más fuerte Franelí-dijo al devolverme la sonrisa.

~

Muchos




-¿Qué te pasa?
-Tengo un poco de frío.
La abrazó.
-Llegamos... Llegamos a nuestro primer invierno -le susurró en tanto la rodeaba con sus brazos.
Ella sostuvo su mirada, reflejándose en los ojos de Guido.
-Y eso que es el primero... El primero nada más... -sonrió.

Buen comienzo



-¿Qué le pasa?
-No sabemos, no quiere hablar, ha estado más de dos horas ahí, en el agua.
-¿Puedo?
-Inténtalo.
Se acercó a la chica que parecía dormida, en la ducha, como si estuviese drogada, desnuda, vulnerable. Tomó su mano. Ella le miró.
-¿Estás? -inquirió suavemente.
Ella negó con la cabeza.
Él le sonrió tiernamente.
-Sé que no es fácil...
No lo era.
La chica rozó el agua con sus dedos, se lavó la cara y volvió a dirigirle la mirada. Él le entregó su chaleco, sin importarle que éste se mojara y la abrigó.
La abrazó.
El agua les rodeó.
-Iba a ahogarme -susurró solo para que él la oyera, casi con una expresión ausente.
-Sé nadar -bromeó.
Ella sonrió.
-Jamás dejaría que te ahogaras...

~

Cumpleaños



La despertó con un beso en la frente.
-Hace como mil años naciste -bromeó.
-Sí claro... -dijo rascandose la nariz.
-Te quiero mucho.
-También yo.
Eso les sonó bastante natural. Fue como un simple 'hola como estás'. Se dieron cuenta.
-Gracias por ser mi regalo de cumpleaños -masculló Rocío mientras buscaba sus labios.
-Gracias por haber nacido hace mil años.

Fugaces


'Entonces la estrella bajó hasta donde Valentina estaba y le sonrió.'


-¿Qué pasa después? -me preguntó con sus ojos llenos de ansiedad.
-Dímelo tú.
-La niña se subió a la estrella, que se llamaba... -miró hacia la izquierda, pensando- que se llamaba ¡Ana!
-¿Como yo? -quise saber con una sonrisa.
Ella asintió devolviéndomela.
-¿Y hasta donde llegaron? -continué.
-Fueron a la Luna... Allá viajaron. Pero Ana se encontró con otro astro... y con él se quedó.
Me sorprendí. La niña del cabello amarillo me miró y sonrió luego de dirigir sus ojos hacia algo que había tras de mi.
-Hola -nos saludó Alex.
Entendí.
-Hola astro -respondió su cómplice.
-¿Qué hacían?
-Ana quería que alguien oyera sus melodías, y yo ya me voy... -dijo con una expresión traviesa...
-Oh, entonces llego a tiempo -le siguió el juego.
-Ajá. -musitó Valentina, me abrazó fuerte y corrió hasta la salida, desde donde me gritó un dulce hasta mañana.
Cerró la puerta y yo me giré con el violín entre mis manos nerviosas sin motivo.
-Escucho -me miró el nuevo astro de Valentina, sonriendo de una forma casi intencionalmente bella, acomodándose para oírme tocar...
Comprendí que sí había un motivo, un motivo frente a mi.

~

Una bonita enfermedad



-¿Cómo te llamas? -inquirí sonando infantil, para comunicarme con ella.
Se limitó a inclinar la cabeza y mirarme. Estudiarme. No sé si es por mi pelo corto, o mis dientes grandes, pero siempre me pasa. Niñas pequeñas caminando por la calle, se giran a mirarme, y para no quedarme atrás, me giro y les miro detenidamente.
Ella era diferente. Sentada en la tercera silla color rosa de la salita blanca llena de colores de la academia... Sólo me sonrió.
-No tiene nombre -interrumpió Eduardo quien estaba a su lado.
-Si tiene -afirmó Gabriela, quien siempre andaba con una bufanda celeste a rayas.
-Sí -confirmé -Sólo que nosotros no sabemos.
Dejé que cada niño tomara su violín y comenzara a tocar, cada uno con su estilo mientras la pequeña no quitaba sus curiosos ojos de mi.
-¿Estás bien? -volví a preguntar para ver si algo andaba mal.
Sin respuesta. Muchas sonrisas.
A la hora de salida, sin haberle oído una sola palabra, me acerqué a su madre.
-¿Todo bien? -dijo al verme junto a ella.
-Supongo... -dudé- No ha dicho una palabra en todo el día. Tal vez sea por su primera clase.
-No lo sé... La llevé al médico y dice que debo hacerle exámenes, psicólogo tal vez..
-¿Porqué? ¿Qué le pasa?
-Se la pasa todo el día en su habitación, dibujando estrellas y cosas raras en las paredes... Supongo que el tener amigos imaginarios es normal a su edad pero... Ni con sus hermanos juega... Ha pedido un violín, y aquí la tienes.
-Imagina. ¿Es buena?
-Muy -respondió exagerando su expresión. Yo comprendí.
-Nada de psicólogos. Ella es diferente. Ella es una niña. Lo que tiene no es más que niñez.
Me miró casi como lo hacía su hija a un principio. Debió comprender que a mi ni los doctores ni sus diagnósticos erróneos pudieron cambiarme.
La pequeña observadora se acercó a mi, haciendo un ademán de despedida, besando mi mejilla y susurrando su nombre muy bajito:
-Valentina...
Sí. Ella era como un espejo, y nunca podrían cambiarla.
Perfecto, pensé para mi.







Bethel

Caminaba seria.
La chica de las pestañas color ciruela no había tenido un buen día.
Su expresión -aunque nunca dejó de ser suave y dulce- demostraba inquietud, molestia... Una molesta extraña, como ella.
Cruzando la calle se encontró con un tumulto de gente; quería pasar a toda costa. Comenzó a empujar -como los demás lo hacían- aprovechando de hacer fluir sus emociones negativas.
Unas manos fuertes la sostuvieron por los hombros, y ella creyendo que era parte del gentío, se zafó.
-Hey, Hey... ¿No me recuerdas? -le preguntó un joven de veintisiete años, mirada graciosa y sonrisa deslumbrante.
-¿Perdón? -confundida contestó con otra pregunta.
Lo observó. Era imposible olvidarse. Sus ojos azules, como el cielo... Como los ojos de su padre.
-Soy Alex -se presentó sin tomar en cuenta el tono apático de la chica.
-Lo sé, te recuerdo... -murmuró sumida en sus pensamientos.
-¿Aún tocas el violín Ana?
Ella dio un medio giro mostrándole que sí, que justamente venía de dar unas clases.
-Vengo de la academia... Le enseño a niños pequeños... No es gran cosa... Pero me hace completamente feliz.
-Siempre soñaste con algo así.
-¿Y tu recuerdas hasta mis sueños? -cuestionó ahora con un dejo de coquetería en su mirada.
-¿La verdad?
-Por favor... -sobreactuó cortesía.
-Nunca lo olvidaría.
De pronto una mujer mayor, los empujó, despertándolos, y haciéndolos caer nuevamente entre el mar de gente.
Sin pensarlo, Ana sacó un papel del bolsillo izquierdo de su chaquetón rojo, y en él escribió un par de cosas; luego simplemente se lo entregó, perdiéndose entre tanto ser humano junto.

'Se me hizo muy difícil intentar olvidarte...Alex'

Instintivamente dio vuelta el papel. La dirección de la Academia Bethel ahí estaba.
Volvió a sonreír. Y reaparecieron las anheladas esperanzas.

Invisible, presente

-Magia -susurró.
-¿Nuevamente?
-Sí... ¿No la escuchas? -dijo inquieta.
-¿Escucharla? -inquirió.
Rocío lo miró fijamente. Era tan obvio el sonido de aquella, que solo imitó lo que avisaba que por allí cerca, había magia. Mucha:
-púmpum... púmpum...
-Magia... -entendió al fin.
Sonrió. Tomó su mano, la entrelazo con la de ella y las guió hacia su corazón.
No cabía duda alguna: Eran magia. Siempre lo han sido...

Sin tocarse

Discutían.
Rocío se sentó en el gran sofá blanco que daba al patio de atrás, mientras que Guido tomó un bolígrafo y comenzó a rozar una hoja de papel.

-¿Rocío, qué te parece mi escrito? -le tendió la hoja impecable, con tinta azul, llena de palabras que seguramente eran las más hermosas del mundo.
-No. No tengo ánimos de leer. No tengo ganas de leerte -dijo. Él la ignoró.

Y el cielo se tornó violeta. Como nunca nadie lo había visto jamás.
Él la tomó por la cintura, observó como sus ojos se clavaban en los suyos y le sonreían. La apretó contra su cuerpo, la besó desesperadamente y suspiró.
Ella no fue capaz de decir una sola palabra, no era del todo demostrativa, pero él se enamoró de ella así...Conociéndola una mañana de Domingo, sin maquillaje. Conociendo sus berrinches y su tendencia a la depresión. La conoció en un parque, ella se acercó. Una total y hermosa desconocida, le hizo un par de preguntas y lo hipnotizó. Le enseñó lo fácil que es fijarse en cosas invisibles para el mundo.
Le enseñó lo fácil y bonito que es amar.

Una casualidad, la mejor de su vida...
Eres la mejor casualidad de mi vida.

Cuando Guido terminó de leer, ella estaba de espaldas observando por el gran ventanal de la casa de Kinley. Estaban solos.
Observó como las mejillas de Rocío se humedecían sin cesar... Eran lágrimas, de seguro.
Se acercó, pero sin tocarla dibujó sus formas femeninas. Ella por el reflejo se dio cuenta y giró.
Ahí, bajo la lluvia ansiosa que caía a las 7:43 pm. de un veintidós de Julio por primera vez, hicieron el amor...



Por primera vez concientes, él le susurra...
-te quiero mucho..-

Duermen.

Lluvia interior.



-¿Estás llorando?
-Es la lluvia...
-No me veas la cara, que ya ha parado de llover.
-No dentro de mi...

Ciegamente




-¡No! -gritó sin contenerse mientras su mano se aferraba a la de Guido en un intento de no-subirse a la rueda de la fortuna.
-Tranquila -le sonrió entretenido al ver su cara de miedo exagerado.
-No quiero no quiero -repetía riendo solamente de lo nerviosa que estaba...
-¿Confías en mi? -le preguntó.
Ella quedó con su mirada fija en la expresión que él hizo, le miraba desmesurada y obsesivamente, como si quisiera estudiarle y un par de sonrisas más le obsequió.
-Tu sabes que sí confío en ti -murmuró al darse cuenta que la mujer del lado y su hijo los observaban hace rato- lo que pasa es que me da... Miedo.
Pánico. Esa era la verdad. Rocío siempre le había tenido respeto a ese tipo de juegos tan... imponentes.
-Vaaaaamos -le pedía con esos ojos que sobre-actuaban una ternura innecesaria, que la hipnotizaba.
Volvió a mirarle. Ahora entrecerrando los ojos sospechando esa trampa infantil que siempre hacía, que tanto ella quería.
-Ok, ok. Vamos -se rindió encantada.
Tomó su mano, al acomodarse en el asiento rojo -que para su suerte, se balanceaba burlándose de sus estremecimientos- y se apoyó en el hombro de él.
-Tonto -dijo mientras cerraba un ojo para ver el horizonte.
Él le besó la frente, alegremente.
-¿Es tan malo como creías? -inquirió sabiendo que no, no lo era.
-Es... gigante... -susurraba Rocío dibujando con sus manos cada cosa que se le cruzaba en frente.
La rueda se detuvo dejándolos en la parte más alta. Ella se tensó, Guido se dio cuenta de aquéllo y aferró su mano con más fuerza, luego giró su rostro con la otra y la besó.
Estuvieron arriba más tiempo de lo normal, sin alejar sus labios el uno del otro, entre sonrisas y susurros que nadie podía entender. Únicamente ellos.
-Mágico -masculló Rocío segundos antes de que comenzara nuevamente a avanzar el juego.
Él se limitó a responder con otra de esas sonrisas, que decían más que cualquier otra cosa.



P.S.: A mi también me gustan los(nuestros) secretos...

Son tres bonito... Los más coloridos ♥

Kinder

-Rocío, nunca mencionaste al perrito... -dijo mirándonos simultaneamente.
-No le gusta la exposición pública -dije mientras me ponía a pensar en eso.
-Jajaja... -se burló- ¿Y cómo le llamas al pequeño este?
-Pequeña -corregí- y le llamo Kinder.
-¿Está llorando? -me preguntó asombrado, inclinando su rostro hacia el lado derecho al observarle con detención...
-Probablemente... -confesé- es un poco sensible, no le gusta mucho la soledad...

Me miró sin entender. No le expliqué, Kinder estaba ahí, de seguro le incomodaría que le contara lo mucho que ella también había sufrido por amor. Yo le entendía, debía respetar su silencio.
A penas se fue, la pequeña se acercó a mi piano, me miró con ojos tiernos pero ausentes... En realidad le extrañaba.
Le acaricié la cabeza, me senté, y comencé a tocar su melodía favorita.
Ambas lo necesitabamos. Fue una preciosa compañía.


Tus huellas en mi pared

Rocío estaba en su habitación, con las ventanas abiertas de par en par, sus pinceles en la mano jugueteando con las pinturas y los colores sobre un soporte blanco.
La obra no se entendía -parecía un corazón de muchos colores-, y ella hipnotizada tarareaba imitando la voz del interprete de la canción que ahogaba su llanto.
Usaba mi camisa de franela, sus anteojos negros, la parte de abajo de su pijama y un moño despeinado.
No quise interrumpirla. Pintar era una de las cosas que la liberaba, y en ese momento estaba demasiado inspirada, liberando un sentimiento que no quisiera verle jamás de nuevo.
La música se detuvo. Ella por instinto dejó de mover de un lado a otro sus manos y las dejó caer rozando los bordes de su cuerpo.
Me acerqué y la envolví entre mis brazos; ella se dejó caer, abatida y miró hacia el suelo.
-No digas nada -me adelanté para que no sintiera la obligación de explicarme el porqué de todo eso.
Giró hasta quedar frente a mi. Me sorprendió su rostro, pintado de muchos colores, con las huellas de un par de lágrimas como si fuese un mapa de tristeza.
-Te amo -susurró con la voz entrecortada.
Yo no dije nada, sólo la aferré con más fuerza hacia mi.
-¿Puedo pedirte un favor?
Asentí rápidamente con la cabeza.
-Nunca... Nunca dejes de abrazarme...



No pestañees

No tuve clases esa mañana, y fui de paso a la casa de mis abuelos. Sabía que Kira iba a dar sus famosos cursos de pintura a eso de las diez y media y mi tata solo estaría.

Iba a entrar a la habitación donde el abuelo escribía, donde desde pequeña me enseñó lo fácil que es reír o llorar con una melodía en ese antiguo piano de cola. Iba a saludarle casi gritando de alegría con mi típico y animado ¿Cómo estás Kinley...? pero en vez de eso, me limité a quedarme como estatua bajo el marco de la puerta blanca, observándole.
Miraba por el gran ventanal que daba al patio trasero. Orgulloso del hogar que le había construido a su querida -aunque muchas veces indiscreta a su conveniencia- Kira.
Desde que se vinieron de Alemania, no se separaron jamás y yo desde siempre, desde que tengo conciencia, he sabido que ellos son almas gemelas. Por como él la mira, admirando sus arrugas como los surcos de una belleza suprema, o como ella se estremece cuando él le acaricia la espalda sin más afán que sentirle cerca.

-¿Puedo pasar? -pregunté luego de tocar innecesariamente la puerta que estaba abierta, sólo para que escuchara mi presencia, por que mi voz no era audible.
-Pasa Rocío -expresó sonriendo- mi pequeña Rocío.
-¿Estabas muy ocupado Kinley? -susurré.
-Sólo recordando... Ya sabes... Lo del nuevo libro y todo ese mundo que a Kira tanto le es familiar.
-Recordando... -repetí intentando ubicar con mi vista lo que a él lo cautivaba tanto desde allá afuera, a través del gran ventanal.
-Son más de ochenta y siete años querida...
-No sé como puedes tener tan buena memoria... -critiqué.
-Cuando miro a mi esposa... -siempre le ha gustado referirse así de mi abuela- cuando observo el paso de los años en su piel... Es como si hubiéremos escrito en nosotros todo el amor, las discusiones, la paciencia, las madrugadas sin dormir...
Yo no fui capaz de hablar.
-Sus ojos azules, me recuerdan esos viajes que hacíamos, en la juventud, ya sabes... Sin permiso, arriesgando todo por nuestro amor -repetía esa frase con énfasis- en ellos veía mi felicidad... Cuando nos mirábamos fijamente...
-¡Ay! el oírte hablar así me da tanta envidia... -le interrumpí por que sentía que leía un diario de vida, y nunca me ha gustado eso...
-Tranquila -rió- Aún te queda toda una vida... Y sin darte cuenta, mirarás a esa persona que te recuerde lo bien que haz sabido vivir...

Sólo un pensamiento se me cruzó antes de besarle en la mejilla e irme: abraza a Guido, ahora.

Polar

Guido dirigía el auto hacia ninguna parte; Rocío estaba consiente de ello. Tenían que salir pronto de la casa de Kira, la abuela de ella, tenían que salir de allí.

-Detén el auto Guido, por favor -jadeó mientras se desabrochaba el primer botón de su blusa a cuadritos.
-¿Te pasa algo? -inquirió asustado y frenó rápidamente.
-No puedo... No soporto -trataba de explicar mientras las lágrimas no tardaban en caer por sus mejillas.

Él se bajó, y se apresuró al lado del copiloto para abrirle la puerta; Le tomó de la mano y la sacó.
Observó como ella se perdía en el horizonte, contemplando el tímido sol, yéndose.



-No soporto que Kira te trate así -comenzó tratando de disimular su tristeza- no tolero que te converse de mi pasado con el único propósito de herirte... -sollozaba sin parar mientras murmuraba sin mirarle.
-Shht, no hace falta -le hacía callar y la abrazaba con fuerza- no me importa lo que haya pasado contigo antes, no. Eres tú Rocío, la de hoy tres de Marzo a quien amo, de quien me enamoré... La chica rara que me conversó en el parque sin motivo alguno ¿te acuerdas? Lo que ella diga, no es nada para mi comparado con lo que eres tú.
Ella se zafó de sus brazos y comenzó a patear algunas piedras que habían cerca.
-¡Soy una estúpida, lo soy! -alegaba llena de rabia y culpabilidad en sus ojos.
-¡Cálmate, cálmate! -le decía mientras desconcertado por su cambio de actitud tomaba nuevamente sus manos- Últimamente haz estado tan... Exaltada -dudó un segundo al buscar la palabra correcta.
-Si sigo así ¿me dejarás de querer? -le miró irónica.
-estúpida.
-idiota.
-Jamás te dejaría de querer -terminó, la empujó hacia él y la calló con un primer beso.
 

Blog Template by YummyLolly.com
Sponsored by Free Web Space