Galletas con manjar

A Michelle le encanta el olor de las manos de su tía Estela, que siempre huele a frutas o a algún condimento de la cocina.
La quiere como a nadie.
Desde que sus papás se separaron, ella comparte la mayor parte de su tiempo leyéndole, ya que la mujer, robusta y de ojos buenos, no sabe unir las letras del alfabeto.
Lo que más le gusta son los poemas de amor que saca de su libro favorito, porque su pequeña los recita como si fuesen parte de ella, 'como de memoria', y que, según ella, debe de ser por la cantidad de frutas que le pica por la mañana, o los consejos para que respire con ganas cuando van de paseo al campo de Pilar, la hermana mayor. O el xilófono que le regló la navidad pasada, cuando se quedó en su casa porque quería abrazarla, como primer regalo, cuando fuesen las doce.

Cuando llegué a la casa de Estela, encontré acurrucada, en el sofá rojo, a la joven con cara de niña y ojos juguetones, comiendo galletas con manjar, distraída, observando la estrella colocada en la cima del árbol de navidad. Calculé que tenía unos dieciséis años, por sus formas definidas, pero, si le hubiese visto de reojo, por su actitud, no le habría podido creer que tenía casi veinte cuando me lo aclaró, risueña, meses más tarde.
-Michelle, mira quien viene- dijo la alegre Estela, empujándome hacia donde estaba Michelle.
-Hola- masculló tímidamente, al acercarse hacia mi. Sonriendo.


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19:20

Cuando ves a tu papá sonreír, mientras se toma un café helado -en la cafetería más linda del mundo-, todo lo demás no es nada, y tus problemas son como azúcar para tu chocolate, y todo lo que complica, a fin de cuenta, no es más que la frambuesa que te comes a cucharadas antes de probar la crema del pastel que tienes en frente. Sí.
Porque sabes... sabes que si eso ocurre, podrá ocurrir otras veinte mil veces más.
Mientras afuera, el viento cálido abraza a eso de las siete pe eme, en pleno invierno.


Michelle, bajo la mesa tres de la cafetería más bella del mundo.

Azul casi cielo de noche en verano

Esta vez se trata de Michelle. Una niña de edad corta, y de pocos amigos.
Se sabe canciones en el teclado, pero no las acaba. No le gustan los finales.
Es distraída, y a cada lugar que viaja, lleva su plumón azul, casi cielo de noche en verano, para dejar un par de palabritas en la pared. O qué se yo.
Hoy tocó mi hombro cuando estaba leyendo 'La casa de los espíritus', y sonrió al verme, medio asustado, entrecerrar los ojos para distinguirla con el reflejo del sol dando en su rostro blanco, muy blanco.

Agosto 24, 2009.

-Es como un 24 de Agosto, el día que le dije hartas veces que la quiero, lo mucho que la quiero.



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Verano

Rocío estaba recostada en la cama, desnuda, mirando como la cortina se movía con el viento, mientras que en la habitación de junto, con la puerta abierta, Guido, dentro de la bañera llena de agua, tarareaba una canción de los beatles.
-Dime lo que te encanta -le pidió él, como su fuese parte de la canción.
Rocío sonrió y, deslizándose rápidamente hacia donde estaba Guido, entró a la bañera, acariciándole la espalda suavemente.
-Lo que me encanta... -pensó en voz alta.
Los ojos de Guido la escudriñaban, queriendo descifrar su expresión.
-Me gusta escribir, tocar piano. Me gusta cuando pasamos bajo los árboles de la plaza, en pleno invierno, y las gotas de lluvia caen sobre nosotros. Me encanta dibujarte, los pasteles de frambuesa... Sí... Me encantan...
-¿Y los Domingos en la bañera?
Rocío le salpicó agua en el rostro, entretenida.
-Y los Domingos en la bañera que, al igual que el resto de las cosas que me encantan, no serían lo mismo sin ti.

Hoppipolla

quiere hacer una película, dijo.
Yo estaba poniéndole atención al mismo tiempo que tarareaba hoppipolla de sigur rós.
Desde pequeña he sido así. Puedo estar muy concentrada en algo, pero igual pongo atención a quien me habla, o lo que lee el caballero que va junto a mi en la micro.
Puedo hablar por celular y comprender la letra de una canción. O escuchar una conversación ajena y ver tevé. Antes era más que ahora, estoy más distraída. Debe ser el clima, o la lluvia de pensamientos que quedan en el aire. O las lagunas mentales que vienen cuando siento muchas cosas sobre mí.
La escuché. A ella la escuché, y me dieron ganas de escribir el guión.
Pero ahora, así. Con lluvia. Comiendo jamón.

Érase un veinte

Hoy me di cuenta de hartas cosas, sabes..
Me di cuenta de que el sol los días como hoy, brillan aunque las nubes lo abrasen demasiado.
Y de que los arco iris dibujados en el cielo son tan lindos como un Sábado afuera del correo.
Los días como hoy me enseñan cosas, siempre cosas nuevas.
El queso que me comí tuvo un sabor tan a queso hoy.
La voz de mi tía por el teléfono sonó diferente. Hoy su voz me agradó.
Hoy los comentarios de la entrada de ayer, me hicieron sonreír, porque cada ser pudo escribir su propio final. El final de hoy, es feliz. Mucho muy feliz.
Me sentí una niña hoy. Y me formé junto a los niños de primero básico en el colegio, al ladito del kinder.
Le saqué la lengua al guate cacaguate.
Hoy día grité, de alegría grité.
Hoy dibujé siete pequeñas cosas. Siete cosas que formaron una historia con tres estaciones.
Tres estaciones que sin querer hemos dibujado. En el parque, en la plaza, tomando helados, jugando, contándonos cuentos, abrazándonos, escuchando canciones, cantando, caminando, con mucho sol, con vientecito, aplastando hojitas, uniendo nuestras narices cuando teníamos frío ese día lluvioso. Haciendo fuego mientras nuestra ropa se secaba.
Hoy me sentí tan, pero tan cerca de todos los personajes inventados por ti. Inspirados en ti.
Y aunque no pude pegarte combos -pero despacito- mientras caminaba hasta mi casa, o mientras veía el arco iris, estuviste aquí, más que siempre.
Sí. Más.
¿Por qué? (sonrisas).
Es simple cariño: mira el calendario.
Porque hoy es veinte.

En la caja musical

-Siempre quise tocar el acordeón -comentó ella mientras pateó una piedra que no llegó ni dos metros más lejos.
-¿Y porqué no aprendiste, Rafaela? -preguntó en un tono tan bajo que casi no lo oí.
-Me da pena. Me acuerdo del niño que tocaba en la esquina de mi calle... Yo nunca le di un peso.
-¿Tomás? ¿El que te gustó cuando tenías como trece años? -preguntó con una sonrisa en el rostro.
-Sí. Ese mismo. -respondió medio avergonzada.
-¿Te da pena?
-Es que ahora no lo he visto.
-¿Me vas a decir que lo hechas de menos?

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Pianito

Yo te ofrecí un poco de mi pastel de frambuesa, pero no quería que probaras mi pastel de frambuesa.
Yo acepté que escribieras en mi cuaderno, pero no quería, no. No quería que ocuparas mi cuaderno.
Yo te regalé tres globos de colores, pero no quería que tomaras mis globos de colores.
Cuando yo te presté los dinosaurios, no quería que quisieras los dinosaurios.
Pero cuando te dije que te quedaras para siempre... Yo sí quería que te quedaras para siempre.

21:53


Ana escribe en la orillita de la cama secretos que luego tira por las calles como si fuesen migas de pan para no perderse.
Hace silencio y de pronto una risita inocente se le escapa de entre los labios, Mientras que en la ventana comienzan a resbalar gotas de lluvia que le reverberan fuertemente por dentro.
Se ha tomado tres vasos de vodka, pero como no está acostumbrada, se le fueron a la cabeza de inmediato.
Baja rápidamente por las escaleras y enciende la radio en una estación que hasta entonces no conocía, y, a un ritmo muy indie comienza a moverse con facilidad entre los cojines y el sofá que hay en la salita de entrada.
Lluvia. Cada vez más fuerte. Ella cada vez más alegre.
Lluvia. Ana debe salir, grita.
Y llegadas las 22:18 horas, su mirada se fija en la puerta roja, llena de unos graciosos pañuelos de colores que colgó para navidad.
Tomó el color violeta y lo amarró suavemente a su cuello.
Su perrita, Leche, giraba la cabeza entretenida al ver a Ana tan animosa, bailándole impulsiva, y comentando que iba a salir, que no la esperara despierta.

-¿Te sientes mejor? -oyó a lo lejos la voz de Alex mientras sentía millones de agujas en su cabeza.
Ana no atinó a nada. La luz del medio día penetraba en sus párpados avisándole que el peor error que pudiese cometer en ese minuto, sería abrir los ojos para averiguar dónde estaba.
Alex, tratando calmarla, le acariciaba la nuca.
-¿Alex?... Alex, ¿Y la lluvia? -murmuró, como si estuviese pidiéndole un cuento de hadas.
Como una niña pequeña sin fuerzas.


un cuento que comenzó hace casi siete meses

Los papis son superhéroes

Papá:
Hoy lloré porque no estabas.
Llegué a casa y me acosté en tú lado de la cama, con un lago en mis mejillas.
Gente en la calle se asustó, al verme sollozar tan fuerte.
Me fue bien en el colegio.
Tengo miedo, no te miento.
Me han dado fuerza, las personas que menos habría podido imaginar.
Papá, ¿Estás bien?
Ahora vamos en silencio por la carretera, oscura y vacía.
Me parece raro, pero no me asusta.
No, eso no.
No la oscuridad.
Papá...
Respóndeme que eso me da calma.
Papito, dime que estás bien.
Dime que la próxima vez volverás pronto.
Prométemelo.
No trabajes tanto papito, hoy no... Yo hoy te necesito.
Te he extrañado más que siempre.
Y aún más con frío.
Aún más cuando escondo mi rostro en los brazos de mamá.
Papá, papá dime...
Dime si es que vale la pena el no-verte.
Dime si es que los lagos de mis mejillas tienen razón al echarte de menos.
Dime... Papito dime: ¿Te sientes mi héroe?

Alcachofa



Hoy Ana hirió a alguien que quiere mucho.
En un primer momento, ni pena le dio, lo sé. Incluso tuvo ganas de mandarle unas puteadas pero se contuvo porque no le daba el ánimo para tratarlo así. Además no le salía ni la voz.
Este último tiempo, se le ha notado más que siempre lo rara que es. Porque vaya que es extraña. Y despistada, y artista.
Yo no quiero que te alejes de mi, pero quiero ser sólo tu amiga.
Ana es egoísta. Vaya que si.
Tantísimo que les costó ser, conversar, estar... Y en dos semanas, todo se quebró.
Se quebró como la parte de su corazón que lo conservaba, junto con sus risas y con su amor.
Yo no estoy hecha para olvidar, los poetas no sabemos olvidar.
No sabemos.
Quiero subirme al carrusel.




Dibújame

Caminando por un par de poemas que regaron algunos seres anónimos me puse a llorar.
Típico que el vestidito flamea con el viento de las cuatro veinte, que roza la piel, entibiándola.
Lloraba de alegría. De alegría por saber que ni los poetas sabían expresar lo inmenso que se siente sentir esto.
Casi nunca uso vestido. Pero supongo que justo ese día debía llevarlo puesto para que jugueteara con la naturaleza y mis zapatos rojos.
Los poetas andan perdidos.
Y los átomos erizaron mi piel.
¿Quieres frambuesas?


Quizá el mejor estado para describirlo, sería la locura.
 

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