Fijamente.



A Gaspar le molesta su debilidad.
Se desespera cuando está frente a ella y no puede decirle todo lo que siente que debe decirle. Sobre todo cuando está decidido.
Una de sus suposiciones, es que, ella sabe que él quiere decirle a la cara lo mucho que la quiere; y más. Lo sabe. Lo sabe, lo sabe, lo sabe; por eso es que, cada vez que le ve acercarse nervioso, ella enseña su rostro, sus mejillas sonrojadas por el calor de su abrigo, contrastado con el frío del invierno, con su chasquilla, su cabeza inclinada y todo. Sabe. Sabe que si le mira, él se bloqueará una y otra vez, utilizando un lenguaje sin palabras para expresar lo que su debilidad no le deja decir.

Par de pantalones.

-¿Te has fijado en sus ojos? -comenzó mientras fumaba su cigarrillo, esperando el tren.
-No. Sólo me he fijado en que no es ni tan bonita, ni tan sexy.
-¿Siempre eres así de idiota Héctor?
-Y tú, que cursi: 'Sus ojos...' -citó parte de la pregunta de su amigo.
-Es que quizá no sea ni tan bonita ni tan sexy. Pero en sus ojos, hay algo especial que la hace no-fea -explicó Nicolás.
-Y blábláblá.
-A que nunca le has mirado a los ojos.
-Nunca -confirmó.
-Con razón...
-¿Con razón qué?
-Con razón para ti no es 'ni tan bonita' -remedó.

Lo encontró



La chica de la boina cuadrillé comparte con su dinosaurio cada vez que se le viene el mundo encima, le acaricia la cabeza y se esconde bajo su panza, se esconde de la fría soledad.
La chica de boina cuadrillé, no es buena para asumir, nunca tuvo que hacerlo ante nadie; pero luego de cruzar miradas con Gaspar, ese día, se detuvo a mirar a su alrededor.
Se encontró.
(Pero sola, muy sola)

Gaspar, un rayo de luz.

Noviembre, 2008...

-Tu prima está embarazada... No había querido contarlo... Pero ya, están seguros.

-Tiene quince años... -susurré pensando en voz alta, atónita.
-Tiene un bebé dentro -dijo su tía, mi mamá.

Abril 27, 2009
20:24
-¿Ya? -pregunté a penas llegué a casa.
-Sí. Dicen que está en la sala de parto, que hoy sí o sí llega al mundo -me lanzó de pronto.

Mi prima, pensé.
La que tiene un año menos que yo, la que ha cometido errores y los ha enfrentado. La que jugaba conmigo cuando tenía cuatro años. Ella. Ella hoy será mamá.
Debe estar tan nerviosa... Yo lo sé, la conozco...
Quizá oculta su nerviosismo, o trata de no expresar el dolor que le provocan las contracciones. Por dignidad, supongo.
-Ya quiero verla -comenté a mi mamá.
-Verlos -me corrigió con una sonrisa.
Verlos. También quiero verlos.
Ver si es que su carita se parece a la de mi prima, verle a los ojitos, su nariz, sus manitos.
Ya quiero, yo quiero, los quiero.
-Cuando uno es mamá, no tiene miedo de nada, nunca... -contó mi mamá mientras revolvía su café.
-Cuando uno tiene a su bebé en los brazos, el mundo se detiene. Cuando uno tiene al bebé más hermoso del mundo -continuó mi papá, que la escuchaba con ternura.
Mi prima.
A mi mente volvía como un rayo su imagen, frágil, pero jugando a hacerse la fuerte...
Sus ojos sin pintura, sin nada. Solamente con esa luz que los bebés nada más saben dar.
Su sonrisa cansada, pero orgullosa de si misma. Ella. Como es ella. Y más.
Debe verse, entre todo lo decaída... Brillante, cariñosa, con una ternura superlativa, con una calma sin igual... Debe verse tan mamá...
Ya quiero, yo quiero, los quiero.
Quiero verlos a ambos, abrazados, sus primeros abrazos. Madre he hijo. Prima y sobrinito bebé, para mi.
Quiero tomarlo entre mis brazos, buscar sus ojitos, y aunque estén cerrados, susurrarle <<Bienvenido>>, bienvenido a un mundo que tiene muchas cosas bonitas si se le mira con los ojos del corazón.
Quiero hacerle dibujos, quiero sacaré fotografías. Quiero mirarle. Mirarle ratos enteros, mientras mi prima 'descansa' un segundo.Quiero escribir por él, para él y sobre él. Quiero llenarme de sus colores, quiero cuidarlo, y estar para él siempre siempre.


21:57
Suena el teléfono.
-¿Si? -contesto rápidamente, ansiosa luego de dejar de escribir.
-Nació... -suspira mi tía, mamá de mi prima, con voz cansada, pero inmensamente feliz.
<<Oh...>> hice para mí.
No pude decir nada... A esta hora, ya acabado este dibujo con palabras, ha nacido. Y yo lo había dicho todo.
Solo me queda ir a conocerle.

Policromía de un día nublado

Tenía unas botas que a simple vista parecían quedarle grandes. Caminaba muy descuidada para parecer una señorita de esas que por poco ni se ensucian. Llevaba una boina cuadrillé que hacía juego con su abrigo rojo, y esas botas color café que nunca la dejaban salir sola. No era precisamente una señorita, si la observamos con rigor. Su cabello juguetea con su rostro, escondiéndolo, enseñándolo, escondiéndolo, mostrándolo a quienes la ven pasar...
-¿Puedo ayudarte? -Preguntó Gaspar, un chico cualquiera, que le miraba y le miraba desde hace rato.
-No te preocupes, esto se me da bien -agradeció al mismo tiempo que trataba de que los libros, papeles y cartulinas no se le cayeran de las manos.
-¿Segura?
La chica de la boina cuadrillé tiró las cosas en el pasto, bajo ese día nublado, y sacó de su bolsillo derecho un montón de papeles brillantes, picados en mil pedacitos.
-Esp...
No alcanzó a terminar la frase. Quedó boquiabierto cuando la chica desconocida lanzó al viento esa lluvia de colores, sinrazón.
-¿Quieres acompañarme? -sonrió, como suele hacerlo, de forma infantil.
Él la miró, no entendía nada.
Y es que no había nada que entender.
-Quiero -respondió, cogiendo las cosas que aún seguían en el pasto, entre esa lluvia de colores, provocada por ambos.

Blanca



-Cierra los ojos -pidió.
Los cerré.
-¿Qué ves? -inquirió con cuidado, estudiando mi nula expresión.
-Nada.
-¿Sientes algo?
-Tu voz -fue todo lo que dije.
-¿Forma ecos o desaparece?
-Acaricia.
-¿Sirve?
-Siempre.
-Tu rostro continúa en blanco -advirtió con un tono de voz suave, muy suave.
-Tengo frío. Pero de ese frío interno -reflexioné un segundo, en secreto y para mí- Tu voz ayuda, claro -le hice saber.
-Me alegra.
-¿Puedo preguntar algo? -mascullé evadiendo sus ojos.
-Sí.
-¿Crees en mi?
Mi mirada se nubló de pronto, y hubo un silencio prolongado; luego me miró fijamente, como queriendo reflejarse en mis ojos.
-¿Crees que si no creyera, estaría aquí?
Me acarició la mejilla, corrió el cabello que dificultaba nuestras miradas y me sonrió.
-No te vayas... -supliqué- Tengo frío... -terminé susurrando, aferrada a su cuello.
Con todas mis fuerzas.

Invierno

-Me gustan tus gestos medio-infantiles -masculló.
Él se sonrojó, y puso la misma cara que ponen los niños pequeños cuando le preguntan si es que ya se enamoró de alguna compañerita del Kinder. Disimulando la sonrisa, entrecerrando los ojos. Pero en ningún momento dejó de abrazarle.
-Eres como el invierno. Eres mi invierno -susurró la chica de los ojos brillantes.
-Tú eres tierna.
-Sincera -corrigió.
-Se agradece.
-¿De veras?
-No sabes cuánto te quiero...

La palabra perfecta



-¿Volveremos? -preguntó Rocío mirándole como una niña.
-¿Tú qué crees?
-Creo que volveremos cada vez que nos digamos 'te quiero'... -adivinó.
-¿Entonces? -susurró Guido, solemne mientras le acariciaba el cabello.
-Entonces volveremos siempre mi amor... -sonrió.

Correr riesgos.



-Te dije que no hicieras corazones en la arena -comienza su mejor amigo.
-¿Crees en eso? -preguntó ella, incrédula.
-Siempre han dicho que le hacen mal a quienes va dedicado.
-Eso no es cierto -alzó la voz y le miró.
-Mírate... -reclamó él.
-Ya tuve demasiado ¿vale?, ¡te callas! ... No por que algún día moriré dejaré de vivir el hoy.
No lo hice ayer, ni hoy, ni nunca lo haré.

La hoja amarilla.

Nos subimos a la vida, sin saber hacia donde irá, ni cómo, ni cuando, ni cuando comienza, ni cuando acaba. No tenemos idea de quién encontrarás, o de quién te encontrará. Solamente andamos.
Hay tantas cosas que hacen que la vida sea, de momentos una entelequia, mientras que de pronto todo es basura, ¡pero no! cuidado.. que a la vida le gustan las sorpresas... no hay que deprimirse, por que el mundo es inversamente proporcional a nuestras necesidades, pero en algún momento deben coincidir. En más de un momento, supongo. Lo sé.
Hay días, precisamente como ayer, o como hoy, donde todo es armonioso, donde todo va acorde con la melodía de sigur rós, o va al ritmo de un corazón perfectamente sintonizado...

-Tú escribiste esto? -preguntó mientras tenía entre sus manos el cuaderno de Florencia, abierto.
-
¡Bingo! algo más para burlarse de mi, déjame en paz -pidió la chica.
-Florencia, te dije que no era un ogro, déjame intentarlo, demostrártelo...
-No tienes que leer mis cosas.
-Fue sin querer, aunque... deberías mostrárselo a alguien más... Es bueno, no sé... Yo al menos lo sentí.
-No juegues.
-Ok, ok... Guardalo, que se ponga amarillo y se pierda entre tus escritos -masculló sarcástico.
-No es tu problema -se defendió.
-Baja la guardia un momento, tan solo un momento... -le miró calmado, incluso tierno.
-¿Qué quieres ahora? -fingió frialdad.
-Tu sabes lo que quiero.
-No se puede conversar contigo Erick.
-Sí que se puede... Inténtalo...

Le miró, no pudo evitar sonreír.
Ambos tienen una risa contagiosa.
Ambos desconocen que se conocen muy bien.
Él sabía lo que debía hacer.
Ella al llegar a su casa, sacó sus materiales y comenzó a escribir, para que lo que desde el fondo de su corazón salió, fuera leído por alguien más...

Las nubes que nacieron un veinte...


Había una vez, dos nubes, que se conocieron un día veinte. Ese mísmo día veinte, nublaron toda la ciudad con su luz blanca, fresca...
Acompañaron al cielo, entre las estrellas, conociéndolas, presentándose. Aquélla nube, la que andaba con el sombrero de copa, le presentó a su amiga G... Quien los acompañó de lejos, grabando ese primer encuentro.
Las nubes se sintieron tan bien una al lado de la otra, que volvieron a reunirse el veinte de Febrero, y el de Marzo, y el de Abril... Mientras más pasaba el tiempo, más grandes se hacían la una a la otra, les gustaba viajar por la ciudad, ver la complicidad que abajo crecía, como su amor...

-¿Qué más? -preguntó Valentina mientras escuchaba el cuento. Ansiosa.
Mí cuento. Nuestro cuento.
-Después... -suspiré- después hicieron llover...

Papá



Al nacer, tuve la suerte de ver sus ojos, que, aunque no lo recuerdo, sé que eran los más amorosos del mundo.
Cuando tuve tres años, fue él quien al llegar de madrugada a la casa, no durmió por que yo sufría de cólicos, paseándome por la habitación, cantándome bajito, haciéndome cariño en el estómago, susurrando que todo iba a pasar... Y pasó.
A la edad de cinco años, él fue el que me llevó a Kinder, medio asustada, por que era el primer día. Mi primer día.
También fue quien me enseñó a andar en bici, por los caminos arbolados de la plaza, dándome confianza y soltándome sin que me diera cuenta, hasta que anduve. Orgullosa de mí, por ir solita.
Me llevó al cine, vimos La dama y el vagabundo, y lloramos juntos.
No le interesó su timidez cuando en la actividad extra programática de mi jardín, le hicieron peinar a una niña, lo hizo mal, pero sonrió. Hasta el día de hoy.
Cuando las olas del mar me intimidaban, enormes, él tomó mi mano y la sostuvo fuerte, hasta que le saqué la lengua a ese océano infinito, sonriendo. Jugando a saltar las oleadas con él.
Cuando comencé con undinosauriobajomicama, fue quien leyó todas y cada una de mis historias, de mis dibujos con palabras. Fue el primero en decirme que continuara...
Fue él quien me abrazó cuando fracasé. Fue él quien me explicó cómo y porqué tenía que levantarme. El fracaso no es una opción, me dijo.
Trabaja más de doce horas diarias. Cuando yo le miro en las mañanas, él duerme. Cuando me ve por las noches, yo estoy soñando.
Recuerdo esa vez que discutimos, y no pudimos seguir hasta que nos abrazamos.
O esa vez, cuando mediante un teléfono nos pedimos perdón. Estamos tan conectados, que aún puedo ver su expresión. Como si hubiese estado junto a él.
Y ahora pienso:

Hay partes del subconsciente que recuerdan todo.
Yo recuerdo haberle visto en otra vida, sólo que en esta, le llamo papá.


Feliz cumpleaños.
Franelí~

Te he extrañado



-Te he extrañado.
-Es fácil extrañar.
-Te he extrañado.
-Todo el mundo extraña alguna vez.
-Te he extrañado.
-Hace más frío que de costumbre.
-Te he extrañado...
-Ese vestido rojo combina con tu piel.
-Te he extrañado.
-No lo repitas. Que tus palabras me aplastan cuando no estás.

En voz alta.

-Nunca pensé estar contigo en un café literario, con mi cuaderno de poemas abierto, para que leyeras un poco de mi...
Era cierto. Nunca se me pasó por la mente. Siempre guardé en el ropero mis letras, haciendo como si nunca hubiesen salido desde mi interior. En mi cuaderno.
-¿Tan lejano soy para ti? -preguntó acercándose desde un extremo de la mesita de madera, hasta mi.
-Sí, lejano. Muy.
Muy. Y aunque sí, siempre me gustó, nunca imaginé que la mezcla de Florencia más Erick pudiese funcionar. Aún no lo sé. No sé.
-¿Y cuanto más crees que nos cuestionaremos este tema?
-No lo sé -repetí lo que en mi mente pensé.
-Nunca sabes nada.
Y tu no te aprovechas de eso, pensé.
-¡Viste! Te callas.
-Supongo que es por que somos demasiado diferentes.
-No.
-¿Entonces?
-Me tienes miedo -dijo sorprendiéndome, tan cerca de mi, que hubiese podido sentir su alma.
-No te tengo miedo.
Eso me sonó demasiado poco-creíble. Pero yo creía que así era. Supongo.
-¿Segura? -le tuve tan cerca que al pronunciar 'segura', sentí como se formaba su sonrisa, en mis labios.
Me estremecí. ¿Dónde quedó tu impulsividad Florencia? Que idiota, pensé.
Olvidé lo impulsivo que es él.
Pegó su mejilla a la mía, tomó mi bolígrafo y comenzó a trazar líneas en una página de mi cuaderno. Me besó. Todo en absoluto silencio. De ese silencio que no incomoda. Se sintió bien.

'No me tengas miedo'... Leí cuando abrí mi cuaderno nuevamente, ya en mi casa, pero aún con él.

Escribo lo que dibujé para ti.



y ahora está dibujando... En el extremo opuesto a mi... Dibujando. Con esa sonrisa que me encanta... Ahí... Dibujando. Haciendo girar la croquera y observando. Está dibujando. Dibujando.
Cuando me mira, sus ojos expresan curiosidad. Y cariño. Un cariño que está dibujando.
Se detiene, me da risa. Reímos.
Toma un lápiz, raya, pinta un poco; lo cambia. Vuelve a rayar. A pintar. Dibujando.
Un color sobre sus ojos, sobre su sonrisa, sobre su piel, sobre su rostro. Su rostro que observa, que me observa.
-Será sorpresa-dice bajito...
¿Luego? Luego continúa: continúa soñando en un papel, un papel que inicia algo demasiado valioso para los ojos de ella. Para mis ojos. Para mis sentidos.
Dibuja. Dibuja y yo escribo. Yo escribo que dibuja, mientras él dibuja para mi.

La sirena se enamoró...

Cuando la princesa se lanzó al mar, una sirena fue. Y se enamoró...

-¿Se amoró? -preguntó la pequeña mientras imaginaba la sirena más morada del mundo.
-E-na-mo- -deletreó el papá con una sonrisa enternecida.
-Se e-na-mo- -repitió con su vocesita infantil mientras pensaba en la palabra.
-Enamorarse... Enamorarse es creer ciegamente en otra persona, es quererle, cuidarle, hacerla reír... Enamorarse de alguien es amarle por sobre todo, sin querer verle triste...
La pequeña se iluminó:
-¡Papá... Yo estoy muy amorada de ti! -le gritó estirando sus manitas para darle un beso dulce y completamente lleno de amor... Del verdadero amor.

Pensé si es que pensaba en mi.

estaba con todo el cuerpo apoyandome en la mesa... Casi dormida cuando inquirió:
-¿En qué piensas?
-¿Cuándo?
-Siempre... -abrió la pregunta.
Me gusta que siempre haga preguntas inesperadas.
-En todo... Pienso mucho en ti, en mis padres, en mi carrera, en él... Pienso en todo.
-¿En mi? -expresó incrédula.
-Mucho. -dije con seguridad.
-¿Y en ti? ¿Piensas en ti?
-Ustedes hacen de mi lo que soy... -fue lo primero que se me ocurrió.
Ella se dio cuenta, y con su expresión me hizo pensar, si es que yo pensaba en mi...
Me desanimó la respuesta:
Pocas veces... Pocas como para incluirme en la primera respuesta que le dí.
Notó mi desconcierto, me abrazó.

Amor-odio

no puedo evitarlo, me supera...

-Tercera hoja que arrugas -me tomó por sorpresa.
Dejé de escribir, le miré y volví los ojos al papel.
-¿Qué quieres?
-Nada.
-¿Entonces?
Puso una expresión extraña, como si fuese obvio.
-Entonces qué ¿No puedo hacerte compañía nada más? Siempre tan sola...
-Opcional ¿no?
Sarcasmo. Odio utilizarlo, pero tenía que ocultar lo irresistible que se me hace el solo hecho de verle a los ojos.
Lo ignoré. Me miró con más insistencia.
-¡Déjame! -grité de pronto
-¿Quieres que me vaya?
No me gusta mentir, no dije nada. Ganó. Y sonrió.
-¿Cómo te llamas?
-Ya sabes.
-¿Florencia?
-Ajá.
-Y...
-Y nada. -interrumpí.
-¿Siempre eres así?
-Contigo me sale del alma.
-Ja-Já
-¿No te aburro?
-Cállate.
-Callate tú.
-Cállame.
Imaginé cómo. Me sonrojé.
-Tarado.
-No me molesta que me trates mal.
Lo sabía... Iba a persistir hasta que cediera. ¿No funciona el ser insoportable? Que rabia.
-Me gustas -susurró directamente en mi oído. Yo sin querer me estremecí.
-¿Cual es el afán?
-¿De qué? -preguntó inocente, como si no se diera cuenta, de lo que sí era obvio.
-De hacerme enojar con tus comentarios tan... Directos.
-No te enojan - Enfurecí ¿Tanto se me notaba?
-Sí me enojan -fingí certeza.
-A que no... -sonrió.

'Lo odio...' escribí en la orilla de un papel. 'Lo odio por quererlo tanto sinrazón.
Imbécil él, pero más yo'...

Giré, y lo primero que vi abalanzándose hacia mi, fue precisamente: él.

No las perderás, nunca.

Llegó de una reunión con la profesora de mi colegio. La profesora de Isabel.
-¿Cómo te fue papá? -pregunté mientras jugaba a aplastar los cojines del sillón.
Él se limitó a hacerme una seña con la mano, una seña de que todo iba bien.
No le creí. Se había ido irritado, y volvía triste.
Sentados en la mesa, listos para el almuerzo, a eso de las tres veinte, me miró, suspiró, y se largó a llorar.
-¿Papá?
Estaba extrañada, demasiado. Sorprendida, atónita es poco...
A lo largo de mi vida, nunca había visto a mi papá llorar. Nunca... Nunca hasta hoy.
Me acerqué, traté de abrazarle, pero fue inútil. El llanto no se detenía, ni con sus esfuerzos por disimularlo siquiera...
Almorzamos. Todo en silencio.
Isabel aprovechó un momento conmigo a solas, y trató de enterarse...
-¿Es por mi culpa? -musitaba con los ojos abiertos, y el rostro rojo, muerta de culpabilidad.
Él la escuchó.
-No hija... No es tu culpa... No te asustes -le calmaba.
-¿Qué pasa? -insistía Isabel.
Mi padre... Volvió a llorar.
-Isabel, sube -le ordené.
Debió haber estado muy preocupada, ya que subió sin discutir.
-Papá...
-No puedo, no puedo -susurraba en medio de esos sollozos que recién venía conociendo.
-Está bien... No digas nada, no digas nada -le abrasé.
Trató de relatar esa media hora que estuvo con la profesora conversando, pero inevitablemente rompía a llorar.
-Tengo que salir -dijo al fin.
-¿Dónde?
Llamó a Isabel, ella bajó. La abrazó con todas sus fuerzas y nuevamente le dijo "tranquila, no hiciste nada malo."
Luego me abrazó. Yo lo estreché con todas mis fuerzas -todas las que pude sacar luego de ver a mi papá llorando de esa manera-.
-Quiero contarte... No quiero que te quedes con la incertidumbre... -se disculpaba.
-Quedate tranquilo -repetía una y otra vez.
Sin embargo el dolor de su corazón hizo que de pronto, todo lo que había contenido quizá desde cuando, explotara.
-¿Sabes? Todo es culpa mía Fiorella... Todo... Yo... -se detuvo por que las lágrimas no le dejaban expresarse- Yo no sé... Es mi culpa... Isabel se siente tan... Tan sola... Y yo siempre creí que el que se sentía solo era yo. Desde chico me he sentido inferior al resto, es lo que precisamente ella siente, y todo, todo el mundo se ha dado cuenta, menos yo. ¡Menos yo que viví y sentí lo mismo! preocupándome por cosas económicas que al final, cuando jubile, no llenarán el vacío que ustedes dejen.Y ahí quedaré. Toda mi vida, toda la vida laboral que he tenido, que ha sido sacrificada, quedará en nada. Ustedes se van a ir, ¡se van a ir! y yo, yo no voy a tener recuerdos. Voy a volver el tiempo atrás, y en mi memoria habrá solo trabajo. ¡De qué me sirve leer y leer libros si no me doy cuenta del dolor que carga mi propia hija! Ustedes... Ustedes casi ni me ven... ¿Y yo? yo me acabo de dar cuenta que estoy completa y absolutamente ausente, lo gritan, lo gritan al mundo, pero yo no escucho nada...

El llanto lo ahogaba, lo ahogaba tanto como a mi.
Me dolía mirarle, preferí unirme con más fuerza. Abrazarlo como si fuera a desaparecer.
Sus palabras, lo dañaban más que cualquier otro castigo... Era como si estuviese echándose a propósito ácido en la piel. Una piel dañada. Todo por la rabia, la rabia que le daba, haberse sentido siempre menos que el resto... La rabia que le daba no poder respirar por eso... ¿Y ahora? Ahora se le sumaba la rabia, el dolor, la angustia, el miedo y la desesperación de saber que junto a él, y a cargo de él, había una niña de once años que sentía exactamente lo mismo... Su hija. Su Isabel.

Un deseo



Toqué la puerta con la punta del zapato azul, cuatro veces. No salió. El guardia del edificio me decía que estaba allí, que insistiera.
Insistí.
-¿Quién es? -sonó deprimido desde el otro lado de la pared, sin intención alguna de abrir, o al menos de ser cortez.
-Soy yo Alex... -dije. Sentí que entendería.
Entendió.
Luego abrió la puerta, lentamente.
-¿Ana? -fingió no reconocerme entre la oscuridad que formaba el interior de su departamento y el pasillo donde yo me encontraba.
-Feliz cumpleaños -susurré.
-Oh, hasta yo lo había olvidado... -dijo haciendo el gesto que los niños desepcionados hacen cuando sus papás fingen haber olvidado su cumpleaños.
-¡Pide un deseo! -le animé.
Cerró sus ojos. Solo la luminosidad de las velas que habían en el minipastel, alumbraban su rostro, tan indefenso... Y por un momento recordé una noche de verano, cuando nos quedamos ahí, en ese mismo departamento, nos acomodábamos en el sofá café, y se dormía mientras veíamos la película. Yo tampoco la veía, mil veces prefería mirarle a él.
-Quédate -interrumpió.
-¿Ah?
-Que te quedes.
-¿Es tu deseo de cumpleaños?
Abrió los ojos... Su ternura hipnotizaba.
-Es mi deseo, sólo mi deseo -sonrió.

Somos

Salí de la Academia y me esperaba apoyado en un poste que queda justo frente a la puerta. Le sonreí.
-¿Puedo raptarte, o tu novio me mata? -preguntó dramatizando.
-Mmm... ¿Qué crees tú?
-Que da lo mismo que me mate.
-Entonces vamos.
Caminamos a pocos centímetros el uno del otro, pero sin tocarnos. Conversamos poco, pero de reojo vi como él sonreía, al igual que yo.
-¿Café?
-Por favor.
Era un día frío, de esos que tiempo atrás compartíamos caminando por parques nevados, por cielos blancuzcos, tomados de la mano. Una mano fría, como la mía... Alex llevando mi violín y yo apuntando a los niños que tenían mirada de niños.
-Así que tienes novio... -sentenció fingiendo naturalidad.
-Sí -contesté.
-¿Y? -continuó ahora sin ocultar sus emociones.
-Y nada... Hace dos años no nos vemos. Está en Italia.
-Entonces...
-Entonces no somos nada.
Mis palabras tenían un poco de melancolía, lo sé. Pero me hizo feliz ver en el rostro de Alex, una sonrisa disimulada que llegaba hasta sus ojos. Lo interpreté.
Aún eramos lo que hace un par de inviernos nos convertía en los seres más afortunados del universo... Ambos, al parecer, de muy buena memoria.

Era ella

-¿Quién es ella? -inquirió a la señora que atendía el almacén mientras la veían esconderse entre los arbustos de la plaza.
-¿La chica de pelo corto?
-Sí, esa que parece como si no estuviera acá, pero a la vez es el centro.
-Florencia.
-¿Habla?
-¿Qué?
-Que si habla... Pregunto si es que ella habla.
-Claro que habla tarado, pero con muy pocos. Generalmente observa y escucha.
-Y si yo...
-Olvídalo Erick, ella y tú no sabrían de qué hablar, la asustaría tu poco sutileza y saldría corriendo.
-No seas exagerada viejita -sonrió cariñosamente- no soy un ogro.
-Casi.
-Oh...
-Eres el polo opuesto a su personalidad...
-Los polos opuestos se atraen.
-Te tienes mucha confianza.
-Deberías tenerme confianza también.
-Erick, hazme caso, no la molestes...
-Me gusta -casi gritó animado.
-Ella no es como las demás.
-Mira... Es como si yo fuese el Norte y ella el Sur. Por eso me gusta.
-No tienes remedio.
-También te quiero...
Y se alejó. Erick siempre ha sido terco. Se sentó en una banca que queda en frente de los arbustos donde Florencia, sin darse cuenta, jugaba a las escondidas mientras él la miraba y la miraba...

Dos días tres.


-¿Tu tienes frío?
-No -contestó y tiritó a la vez.
-¿Seguuuuura?
-Los pingüinos son fríos para el resto del mundo, pero para otro pingüino son de lo más cálidos.
-Tiritabas.
-De la pura alegría -sonrió.
-Friolenta.
-Pingüino.
-Abrazadora... -le susurró.
-Y pingüina...
Invierno.
Le dijeron adiós al frío.

Opuesto


Florencia encontró un papel escrito por un desconocido en medio del patio del colegio, andaba caminando sola, como siempre. Lo guardó junto a sus envoltorios de masticables y decidió averiguar quién era esa persona que al parecer, estaba enamorado de alguien que jamás imaginó:



Es tan... Extraña... Es una de esas niñas que se encuentran cada veinte años.
Yo no sé como tengo tanta suerte.


Leyó, sonrió.
-El amor es ilógico -murmuró al viento, sabiendo que él le llevaría el mensaje a quien redactó esas líneas.
 

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