super man aparece en la televisión que, de pura casualidad, está encendida.
hay hartas cosas en mi mente: cuentos, dibujos, corazones, recuerdos, rostros, lágrimas, alegrías, personas.
estoy sentada en la alfombra mientras tú, junto a mi, estás recostado en el sillón rojito.
tocas la guitarra. a mi nunca me había llamado la atención la guitarra. papi me había comprado una hace dos años, más o menos. yo casi no la usé.
quién lo diría.. ahora, las tardes sin ti, sin tu guitarra, no adornarían mis dibujos o escritos en nuestro álbum de la vida.
tenemos que hacer un álbum de la vida. de la vida de los dos.
que sea rojito, ¿si?
Azúcar
Me gusta tomar agüita con azúcar, los días domingo, en esa botellita bonita que me encontré... Pero no venía con el genio de los deseos dentro.
Da igual. Da igual si es que no tengo tres deseos.
Ya encontré al más bacán y choriflay del mundo. Lo conocí un veinte de Enero, caminando hacia mi, en el parque.
Aunque técnicamente, él me encontró un poquitito antes, y me saludó.
Da igual. Da igual si es que no tengo tres deseos.
Ya encontré al más bacán y choriflay del mundo. Lo conocí un veinte de Enero, caminando hacia mi, en el parque.
Aunque técnicamente, él me encontró un poquitito antes, y me saludó.
te quiero torero (:
Gatín es tímido y a los poetas les gusta Sigur rós
Hoy día estuve doce horas con mi personaje favorito.
Tenemos un gatito que es tímido. Le gustan los cariños. Los bebés y los peces.
Tengo diez peces. La mayoría, son poetas. Neftalí, Dostoievsky, Gabriela, entre otros.
Hay uno que se llama Pepe, como mi personaje favorito. Pepe, al que no nombro casi nunca directamente. Pepe el que me hace reír, el que me abraza y me conforta.
Lucía lo quiso nombrar así. Ella insistió en llamarle Pepe a uno de los peces.
Yo sonreí.
El acuario es grande.
Yo los veo y escucho música.
Hago que ellos también la escuchen conmigo. Que el acuario y yo escuchemos música.
Sigur rós, sí.
Sigur rós.
Sobre todo porque las burbujas se mueven al ritmo de hoppipolla, o las algas sonríen con Sé lest.
Yo sé que al coral le gusta mucho gobbledigook, pero las piedrecillas prefieren samskeyti.
Han sido días de tanto cariño... Porque veré a papá luego de una semana difícil. Porque todas las actividades vuelven, y me mantienen ocupada, con esa sensación personal de utilidad, esa que satisface. Esa sensación que tanto me hizo falta estos últimos días.
Buen día. Buen día.
Los gatitos amarillos que se esconden en el bolsillo de mimo o en el vestidito de muñeca son de lo más.
ÉL GATITO.
GATÍN.
El que se queda horas mirando a sus amigos los peces (los poetas) y a pepe. Ese que me acompaña mientras yo escribo. Mientras yo escribo todo y escribo que, a pesar de verlo mucho hoy, ya lo extraño.
Michelle.
P.D.: si no ubicás a sigur rós, pegáte un tiro.
20:47 La hora que escogen las muñecas para esconderse y llorar
Cuando yo era pequeña, deseaba la soledad. La buscaba.
Se me hacía fácil encontrarla.
Ahora tengo mucha, y no la quiero, no la quiero.
Hasta los cinco años jugué solita con mis barbies, hasta que llegó Lú. Lú la de los colores, las rabietas graciosas y las sonrisas. Lú, que es mi vida.
¿Haz oído esas canciones que te aprietan el corazón de a poquitito hasta que lo detienen por un segundo interminable?
Son como los abrazos, o los besos de alguien enamorado.
Como los intentos de alguien que te quiere con todo el corazón. Esos intentos tiernos por subirte el ánimo.
Desde ayer no paro de pensar en todo lo que papá me dijo. ¿Lo estaré haciendo bien? ¿O me estaré conformando?
No sé, y eso me ahoga. Me frustra.
Me mantiene lejos del mundo, todo el día. Todo el día.
Quisiera conversar con mi profesora. Esa profesora que sabe, la que aconseja bien. Pero no puedo. No quiero.
Quiero pero no quiero.
Yo estoy pero en realidad no.
El Lunes fue un día malo.
De esos que manchan la hojita del diario de vida con cosas que, ojalá, pudiese olvidar.
Miro a mi alrededor y hay tantas cosas... Cosas realmente malas, graves o imperdonables.
Yo me siento ridícula.
Me siento ridícula al estar no-bien por cosas tan... Tan indefinibles. No sé. No sé cuál es la palabra.
No sé cómo decirle a papá que lo hecho de menos, que me hace falta.
No sé cómo llegar, como cuando pequeña, rapidito a su corazón.
Quiero expresarle que sigo siendo la misma. Podría probarlo.
No sé cómo podría hacerle entender que la casa, sin él, no es mejor.
Dasha, la mujer de chocolate
Eran de esos días sentimentales, preciosos para observar todo lo que le rodeaba.
Michelle llegó a la tiendita, temprano, como nunca. Comenzó a ordenar los libros y las telas, cuando entró una mujer, de tez oscura. Muy oscura. Como la noche.
-Hola -le sonrió amable, al saludarla.
La chica, con un dificultoso español intentó decirle que no lograba expresarse con claridad.
Michelle confirmó que venía desde otro lugar. Su color de piel, ese chocolate perfecto, la delató.
-My nombre is Dasha -dijo, con una mezcla de idiomas, que a Michelle le causó gracia.
-¿Eres del continente negro? -preguntó, haciendo señas por si no le entendía.
Dasha era, efectivamente, de África. Aunque ni ella sabía, técnicamente, dónde había nacido.
Michelle conocía a un par de Argentinos, un portugués y su abuelo, que era francés. Estaba encantada, realmente, de conocerle.
-¿Qué deseas? -continuó, observándola, sin hacer notoria su curiosidad.
La niña de chocolate apuntó hacia unos paños coloridos. Los favoritos de la tiendita en donde Michelle trabajaba.
-¡Perfecto! -expresó alegremente, extendiéndole telas de todos colores.
Ese día, Dasha llevó dos telas que a ambas les fascinaban, y un libro que Michelle le recomendó.
-Yo aprendí francés leyendo literatura francesa -comentó a Dasha cuando le indicaba un librito pequeño, colorido e infantil - Quizás aprendas aún mejor el castellano... Es mi libro favorito. Habla de un príncipe y su hermanita. Siempre leo para Santi antes de dormir...
De todo lo que Michelle dijo atropelladamente, la bella muchacha debió haber comprendido la mitad. Pero se notaba que ambas se agradaron.
Se conocieron justo el día bonito ése, cuando comenzó primavera, a eso de las cinco veintiuno de la tarde.
Cuando cualquier cosa de esas in-olvidables podía ocurrir.
Michelle llegó a la tiendita, temprano, como nunca. Comenzó a ordenar los libros y las telas, cuando entró una mujer, de tez oscura. Muy oscura. Como la noche.
-Hola -le sonrió amable, al saludarla.
La chica, con un dificultoso español intentó decirle que no lograba expresarse con claridad.
Michelle confirmó que venía desde otro lugar. Su color de piel, ese chocolate perfecto, la delató.
-My nombre is Dasha -dijo, con una mezcla de idiomas, que a Michelle le causó gracia.
-¿Eres del continente negro? -preguntó, haciendo señas por si no le entendía.
Dasha era, efectivamente, de África. Aunque ni ella sabía, técnicamente, dónde había nacido.
Michelle conocía a un par de Argentinos, un portugués y su abuelo, que era francés. Estaba encantada, realmente, de conocerle.
-¿Qué deseas? -continuó, observándola, sin hacer notoria su curiosidad.
La niña de chocolate apuntó hacia unos paños coloridos. Los favoritos de la tiendita en donde Michelle trabajaba.
-¡Perfecto! -expresó alegremente, extendiéndole telas de todos colores.
Ese día, Dasha llevó dos telas que a ambas les fascinaban, y un libro que Michelle le recomendó.
-Yo aprendí francés leyendo literatura francesa -comentó a Dasha cuando le indicaba un librito pequeño, colorido e infantil - Quizás aprendas aún mejor el castellano... Es mi libro favorito. Habla de un príncipe y su hermanita. Siempre leo para Santi antes de dormir...
De todo lo que Michelle dijo atropelladamente, la bella muchacha debió haber comprendido la mitad. Pero se notaba que ambas se agradaron.
Se conocieron justo el día bonito ése, cuando comenzó primavera, a eso de las cinco veintiuno de la tarde.
Cuando cualquier cosa de esas in-olvidables podía ocurrir.
¿Cuánto viven las mariposas como mariposas?
Cuando llegó la primavera, Tomás y Michelle andaban para todos lados juntos.
Tomás le hablaba de su querida Islandia, mientras que ella le cambiaba el tema, sin darse cuenta, entretenida.
-¿Cuánto viven las mariposas como mariposas?
-Depende de la especie -respondió Tomás.
-¿Cuánto? -insistió, con ese aire de niña tan suyo.
-Un día.
Michelle se quedó con la mirada fija en el acuario lleno de peces de colores.
-¿Por qué lo preguntas?
Ella se lanzó hacia él, colgándose de su cuello.
Ella se lanzó hacia él, colgándose de su cuello.
-No sé. Es que anoche pensaba y... Me da miedo que nosotros seamos de ese tipo de mariposas.
Él la apretó contra su cuerpo y la besó en la frente.
Eso era.
Michelle sonrió.
Comprendió que nunca nunca ocurriría. Ambos no lo iban a permitir.
Él la apretó contra su cuerpo y la besó en la frente.
Eso era.
Michelle sonrió.
Comprendió que nunca nunca ocurriría. Ambos no lo iban a permitir.
Trata de no extrañarlo
A Michelle no le gusta ir a dormir sin antes haber hablado con Tomás.
Lo espera horas, pero el no llega, no llega.
Comienza a recordar todo lo bonito que le ocurre cuando están juntos, pero terriblemente, su ausencia puede más.
A veces se pone a comer cereales de chocolate, pero se aburre. Cuando no le dice lo que sea, se aburre. Y se desanima un montón.
Papá le dice que Santi la espera para que le lea un cuento, y no se le ocurre cual.
Siempre le inventa cuentos, pero cuando no habla con Tomás, los saca del libro de cuentos que Estela le regaló para su cumpleaños.
-Había una vez... -comienza la chica, con una notoria desconcentración.
-¿Estás bien Michelle?
-Sí -mintió.
Pero los niños no son tontos, no no. No lo son.
-Micheeelle... -masculló, esta vez, con el tono que usan los adultos cuando descubren a un niño que dice mentiras.
Ella le sonríe, pero no se le nota.
Santiago la mira. La estudia y la invade.
Nerviosa, Michelle dice la verdad con los ojitos cerrados.
-No Santi, no mucho.
El pequeño, oliendo su tristeza, la abraza. La abraza y le inventa cuentos para que ella se quede dormida, mientras trata de no extrañarlo.
No extrañarlo, en vano.
Lo espera horas, pero el no llega, no llega.
Comienza a recordar todo lo bonito que le ocurre cuando están juntos, pero terriblemente, su ausencia puede más.
A veces se pone a comer cereales de chocolate, pero se aburre. Cuando no le dice lo que sea, se aburre. Y se desanima un montón.
Papá le dice que Santi la espera para que le lea un cuento, y no se le ocurre cual.
Siempre le inventa cuentos, pero cuando no habla con Tomás, los saca del libro de cuentos que Estela le regaló para su cumpleaños.
-Había una vez... -comienza la chica, con una notoria desconcentración.
-¿Estás bien Michelle?
-Sí -mintió.
Pero los niños no son tontos, no no. No lo son.
-Micheeelle... -masculló, esta vez, con el tono que usan los adultos cuando descubren a un niño que dice mentiras.
Ella le sonríe, pero no se le nota.
Santiago la mira. La estudia y la invade.
Nerviosa, Michelle dice la verdad con los ojitos cerrados.
-No Santi, no mucho.
El pequeño, oliendo su tristeza, la abraza. La abraza y le inventa cuentos para que ella se quede dormida, mientras trata de no extrañarlo.
No extrañarlo, en vano.
Hace 273 días
Ayer mi mamá me regaló una caja con lápices de colores. Unos que quería de hace tiempo.
La otra vez, cuando le mostré mis escritos a la profe de Lenguaje, me dijo que no dejara de escribir. Que lo hiciera donde fuese, pero que todos los días escribiera algo.
Y lo he hecho.
He escrito desde ese día, todos los días. Acá, en mi croquera, en papeles que se me olvidan luego, en papel higiénico, en mi mente. En servilletas con marcas de labial. Esas me gustan...
He escrito, como ayer, por ejemplo, en la pared de mi hermana, que está súper rayada. Escribí con un color poco-visible para que no me rete.
Tengo ganas de bailar.
Y tengo las uñas rojas. Ayer pensé en decirle a la niña pequeña que me preguntó por ellas, que me había sacado el corazón para dárselo a alguien pero a lo mejor se iba a asustar.
Por eso quedaron rojas. Porque el amor es rojo. El amor, dentro del lenguaje visual universal es rojo, ¿se han dado cuenta?
-Me detengo. Bailo-
Ha sido un bello fin de semana... Yo sabía que iba a ser así. Porque cuando alguien está de cumpleaños, nadie se enoja, todos celebran y yo como dulces.
Este fin de semana, Chile estuvo de fiesta. Y yo comí dulces.
Mañana tengo que ir al colegio, pero no quiero ver mis cuadernos.
Estoy feliz, y estoy bailando.
Porque hace 273 días que te conozco.
6552 horas.
Porque hoy es veinte.
La otra vez, cuando le mostré mis escritos a la profe de Lenguaje, me dijo que no dejara de escribir. Que lo hiciera donde fuese, pero que todos los días escribiera algo.
Y lo he hecho.
He escrito desde ese día, todos los días. Acá, en mi croquera, en papeles que se me olvidan luego, en papel higiénico, en mi mente. En servilletas con marcas de labial. Esas me gustan...
He escrito, como ayer, por ejemplo, en la pared de mi hermana, que está súper rayada. Escribí con un color poco-visible para que no me rete.
Tengo ganas de bailar.
Y tengo las uñas rojas. Ayer pensé en decirle a la niña pequeña que me preguntó por ellas, que me había sacado el corazón para dárselo a alguien pero a lo mejor se iba a asustar.
Por eso quedaron rojas. Porque el amor es rojo. El amor, dentro del lenguaje visual universal es rojo, ¿se han dado cuenta?
-Me detengo. Bailo-
Ha sido un bello fin de semana... Yo sabía que iba a ser así. Porque cuando alguien está de cumpleaños, nadie se enoja, todos celebran y yo como dulces.
Este fin de semana, Chile estuvo de fiesta. Y yo comí dulces.
Mañana tengo que ir al colegio, pero no quiero ver mis cuadernos.
Estoy feliz, y estoy bailando.
Porque hace 273 días que te conozco.
6552 horas.
Porque hoy es veinte.
Llegó a salvarme la vida.
Tomás llegó en el momento indicado.
Cuando estaba nostálgica, en proceso. Cuando quería algo que no estaba. Cuando esperaba cosas que nunca habían existido.
Tomás llegó a salvarme. A salvarme la vida.
Llegó con sus palabras tímidas, con su personalidad silenciosa.
Llegó para quererme. Desde antes que me lo dijera.
Llegó porque Martín lo envió. Lo envió en lugar de él, porque me prometió que nunca me dejaría sola.
Michelle.
Cuando estaba nostálgica, en proceso. Cuando quería algo que no estaba. Cuando esperaba cosas que nunca habían existido.
Tomás llegó a salvarme. A salvarme la vida.
Llegó con sus palabras tímidas, con su personalidad silenciosa.
Llegó para quererme. Desde antes que me lo dijera.
Llegó porque Martín lo envió. Lo envió en lugar de él, porque me prometió que nunca me dejaría sola.
Michelle.
Gaspar:
Pequeño mío... Te dibujé un robot... Un robot que se llama Neftalí, como nuestro poeta. Neftalí el que tiene una nariz de payaso. El que no quiere verte triste nunca nunca bebé.
Neftalí el geométrico, pero eso te lo explicarán en el colegio.
Hoy quiero regalarte el robot. El que se llama Neftalí.
El que se cree el chapulín colorado.
El que te quiere.
Que te quiere como yo bebe. Como yo.
Neftalí el geométrico, pero eso te lo explicarán en el colegio.
Hoy quiero regalarte el robot. El que se llama Neftalí.
El que se cree el chapulín colorado.
El que te quiere.
Que te quiere como yo bebe. Como yo.
flugufrelsarinn
EXCEPCIÓN.
Me acabo de poner los audífonos para que la música no se me escape.Te desconectaste.
Estoy viendo algunos blogs tan interesantes... Sobre todo aquellos que van más allá de querer crear literatura entendible a nivel internacional.
Me gustan esos que son casi como diarios de vida.
Me compré un agua mineral porque la botella era hermosa. Era como elegante.
Me compré una croquera para dibujar(te).
Limpié mis lápices y me puse a dormir en la cama de mi tía, bien tapada.
Siempre he sido friolenta.
Hoy saqué fotos tan lindas.
Sigur rós me mata cada vez que se impregna en cada célula de mi organismo.
Quiero tomar agua, pero por la botella. Pucha que es linda.
Quiero que sea sábado.
El sábado de las sonrisas que siempre creamos.
El sábado de las sonrisas al verte, al quererte.
Será un fin de semana hermoso, lo sé.
Veré a toda la gente que más quiero, que más me inspira.
Será un fin de semana de querer. De quererte mucho.
Martín dentro de ella.
si no comprende del todo la siguiente entrada, lea la anterior, si es que se anima.
Cuando Michelle escuchó que Martín había dejado algo para ella en su escritorio, se desesperó.
-Entrégamela... -pidió con ojos de súplica a Antonie.
-Está donde mismo la dejó. Sólo vi el remitente y el destinatario.
Una carta.
Martín no era de escribir cartas.
No me la creo.
Cuando Antonie me dijo, corrí a buscarla. No le pedí permiso, ni saludé a su madre, que estaba semi desnuda planchando su blusa.
Fui directo a su habitación.
Fui directo al pasado, a sus recuerdos, a su cama, a nuestra almohada. Entré en su silencio, mi silencio.
Un dolor profundo y asqueroso me rodeaba por completo.
La única luz, la única fuente de luz que allí había era ese papel con su letra torpe, pequeña y azul.
-Michelle... Yo no la leí -advirtió mi amiga.
En ese momento la amé. Quería besarla, recorrerla, abrazarla, respirarla por el simple hecho de saber que ella lo vió ese día. Que vio su sonrisa, que lo abrazó, que lo besó, quizás.
Maldita.
Maldita, cómo la amé en ese momento. Desesperadamente, como si ella fuese Martín. Como si, de pronto se lo hubiese tragado y dentro de ella se encontrase. Dormido. Dormido nada más.
-Léemela -le dije, casi como una orden.
-¿Segura?
-Por favor...
Antonieta se dispuso a leer.
-Espérate -exigí.
De pronto, al verla, me vinieron unas ganas terribles de que fuese parte de mi.
Me acerqué, tomé su rostro con mis manos, como él solía hacer, pero me derrumbé.
-Michelle... Michelle... No llores -me pedía al oír cómo me desgarraba por dentro.
-Dime Antonie, dime porqué se fue... Porqué me dejó sola, justo ahora.
-Amor... -Susurró mirándome, terriblemente a los ojos, con la mirada, la sonrisa, el tono de voz tan calmo y las caricias... Las caricias de Martín.
Siete días después de que pasó
Antonieta fue quien me avisó dónde y cómo Martín había fallecido.
Antonieta me dijo que él andaba conmigo y que en un sueño le pidió que no me dejara sola nunca nunca.
Cuando llegué a su casa, en ese lugar que siempre me ha gustado, la miré y me tiré al suelo, del puro cansancio... De la pura pena.
-Michelle.
-Disculpa por no haber venido antes... Es que yo...
No terminé de decir nada. Ella me abrazó como quien abraza a un niño huérfano.
Sentí que me tenía lástima, pero no pude mirarla para decirle que no. No pude.
Yo sentía lástima de mi, pena, tristeza, abandono, desesperanza.
-Martín está contigo -me susurró.
-No juegues Antonie, estoy mal -le recriminé.
-En serio...
-En dos días no he podido respirar.
-Antes de salir, me dijo que no me quería -comentó Antonieta.
Recordé su mirada cuando mentía diciendo que no me quería. Suspiré.
-Pero dijo que te amaba -sonrió.
Antonieta estaba destruyendo lo poco de alma que me quedaba en pie. Pero no podía detener esas palabras que eran como haberlo visto por última vez.
Haberlo tocado, haber sentido su mano en mi cuello, como solía hacer.
Como haberlo tenido respirándome.
-¿Michelle?
-¿Si? -desperté de pronto...
-En su escritorio encontré algo... Algo que él hizo para ti...
Antonieta me dijo que él andaba conmigo y que en un sueño le pidió que no me dejara sola nunca nunca.
Cuando llegué a su casa, en ese lugar que siempre me ha gustado, la miré y me tiré al suelo, del puro cansancio... De la pura pena.
-Michelle.
-Disculpa por no haber venido antes... Es que yo...
No terminé de decir nada. Ella me abrazó como quien abraza a un niño huérfano.
Sentí que me tenía lástima, pero no pude mirarla para decirle que no. No pude.
Yo sentía lástima de mi, pena, tristeza, abandono, desesperanza.
-Martín está contigo -me susurró.
-No juegues Antonie, estoy mal -le recriminé.
-En serio...
-En dos días no he podido respirar.
-Antes de salir, me dijo que no me quería -comentó Antonieta.
Recordé su mirada cuando mentía diciendo que no me quería. Suspiré.
-Pero dijo que te amaba -sonrió.
Antonieta estaba destruyendo lo poco de alma que me quedaba en pie. Pero no podía detener esas palabras que eran como haberlo visto por última vez.
Haberlo tocado, haber sentido su mano en mi cuello, como solía hacer.
Como haberlo tenido respirándome.
-¿Michelle?
-¿Si? -desperté de pronto...
-En su escritorio encontré algo... Algo que él hizo para ti...
Xilófono para oír mejor

Me gusta cantarle canciones a Rollito porque así siento que se calma y que me mira y me siente.
Después que lo hipnotizo le cuento mis problemas y lo acaricio. Así me desahogo y él no se impregna de mis tristezas.
Con el xilófono lo despierto un poquitito antes de que llegue Tomás porque le gusta subirse arriba de él y moverle la colita.
Pasaron hartas cosas hoy día, pero cuando se las conté a rollito, las olvidé.
A veces Santi las escucha pero hace como que no, para no invadirme.
Que maduro que es.
Antonieta es amiga de Martín. Yo estoy enamorada de Antonieta, y de Martín. Otro día hablaré de ellos con ustedes... Ahora no me acuerdo. Rollito debe saber.
silenciosamente, Michelle.
Michelle siempre ha sido distraída
Michelle arañaba las teclas del piano con tal fervor, que olvidó que la leche de Santi estaba calentándose y se subió.
Santiago sabía que, cuando Michelle tocaba de esa manera las canciones que tenían una belleza única, no debía interrumpirla.
Inventaba letras, rápidas y olvidadas tras cada acorde nuevo que nacía.
Tomás entró, silencioso, como solía hacerlo desde hace un tiempo. Saludó a Santi, y se apoyó en la pared, mirándola.
-No te sentí llegar -Dijo Michelle, fascinada, al verle.
-Hace siete minutos -sonrió.
-No me refiero a hoy, puntualmente.
Santiago sabía que, cuando Michelle tocaba de esa manera las canciones que tenían una belleza única, no debía interrumpirla.
Inventaba letras, rápidas y olvidadas tras cada acorde nuevo que nacía.
Tomás entró, silencioso, como solía hacerlo desde hace un tiempo. Saludó a Santi, y se apoyó en la pared, mirándola.
-No te sentí llegar -Dijo Michelle, fascinada, al verle.
-Hace siete minutos -sonrió.
-No me refiero a hoy, puntualmente.
Muy pocas personas encuentran un corazón
-¡Somos exploradores Michelle! -gritó Santiago, entusiasmado, mientras iban subiendo el cerrito que quedaba cerca de casa.
Michelle cuidaba a Santi los días en que papá tenía que quedarse trabajando en la oficina y Estela iba a hacer sus trámites.
Sin que los adultos supieran, se iban con gorritos de exploradores al cerro y recolectaban piedras de diferentes colores.
Santi era hermano de Michelle, catorce años menor que ella.
Era el único recuerdo valioso que su madre le había dejado.
-Mira esta Michelle, esta piedrita parece corazón.
Ella lo miró. Lo miró y luego la piedrita entre sus manos cogió. Sonrió.
-Eres afortunado Santiago -le susurró.
-¿Por qué? -inquirió con un tono de intriga que se observaba perféctamente en sus ojos.
-Porque muy pocas personas encuentran un corazón que les pertenezca.
-Te lo regalo -masculló al abrazarla.
Michelle cuidaba a Santi los días en que papá tenía que quedarse trabajando en la oficina y Estela iba a hacer sus trámites.
Sin que los adultos supieran, se iban con gorritos de exploradores al cerro y recolectaban piedras de diferentes colores.
Santi era hermano de Michelle, catorce años menor que ella.
Era el único recuerdo valioso que su madre le había dejado.
-Mira esta Michelle, esta piedrita parece corazón.
Ella lo miró. Lo miró y luego la piedrita entre sus manos cogió. Sonrió.
-Eres afortunado Santiago -le susurró.
-¿Por qué? -inquirió con un tono de intriga que se observaba perféctamente en sus ojos.
-Porque muy pocas personas encuentran un corazón que les pertenezca.
-Te lo regalo -masculló al abrazarla.
Casi casi te digo, cuando te ibas
Iba a escribir lo que dejaste en un papelito (sobre el escritorio) bien bien cerquita mío, con tu letra perfecta, pero no...
No, porque es mío. Y es frágil y me lo diste tú.
Oye...
Quiero decirte algo. Muero de ganas, pero... No se cómo.
Mejor en tres meses. Cuando sea trece.
Lindo.
No, porque es mío. Y es frágil y me lo diste tú.
Oye...
Quiero decirte algo. Muero de ganas, pero... No se cómo.
Mejor en tres meses. Cuando sea trece.
Lindo.
Tu chicle.
Tu michelle.
Tu michelle.
Por favor
Cuando me llamaron por teléfono y me dijeron que te habías ido por siempre, lo hice mierda.
No pensé en nada. Fue el día más frío de primavera.
Acostada en mi cama, sin llorar, sin nada. Los párpados estaban muertos. La expresión perdida. Y el silencio.
Abrí los ojos y el sol me dijo que los cerrara nuevamente. Que la habitación estaba llena de recuerdos que me traerían dolor. Que me perdiera en un sueño profundo. Me lo pidió por favor.
Hubiese querido, en ese momento, no poder hablar con él. Pero tú me enseñaste. Me enseñaste a hablar con la naturaleza.
Estaba helada, llamaron a la puerta. No abrí.
Sonó.
Sonó.
Sonó.
No sentía las manos. No pude hablar o gritar alguna blasfemia.
Parecía yo la muerta, no tú.
El sol se apiadó de mi, y poco a poco entibió mi cuerpo.
Le saqué la lengua. Me recordó cuántas veces nos acompañó a caminar en abril, y cuando se escondía de nosotros en junio.
Lo odié.
¡Te odio! le grité.
Pero me recordó, también, que las promesas se cumplen. Que no podía odiar algo que amaba con tanta intensidad. Algo que me traía tu alma y la acomodaba conmigo hasta que me dormía.
Me puse la chaqueta y salí.
El día estaba frío, pero el son me seguía a todos lados.
La gente me miraba, quizás porqué.
Me dio lo mismo, lo mismo.
¿Volverás?...
(...)
No alcancé a leerlo completo. Era la letra, delicada y cuidadosa, redonda e infantil, que Michelle solía escribir.
-¿Michelle? - Fue todo lo que me atreví a decir, preocupada, al saber que andaba por ahí, sintiendo la pérdida de ese desconocido que se llevó parte de ella con él.
-¿Michelle... Michelle, estás ahí?
Me hubiese gustado tener en ese momento a Tomás conmigo, para que le dijera lo que a mi no se me ocurría decirle.
1965

Estela había nacido hace dos días.
Su madre ya recuperada, tarareaba canciones del pollo Fuentes y lavaba los platos.
Llevaba ese delantal azul con flores amarillas que tan serena la hacía ver.
Nunca le había gustado que otras personas fregaran los platos. Le gustaba sumergir sus manos en el agua tibia. Y tararear.
Tenía cinco hijos más, que no podía descuidar.
El tres de marzo, cuando Estela nació, todo el mundo sonreía. Todos. Sin embargo, sólo el padre de la niña estaba en el hospital cuando Isabel la dio a luz. Yo creo que por eso mi tía es tan independiente, tan alegre.
Ese mismo día, Carlos, su hermano que la antecedía, se quedó en casa porque era muy chico, dijo el papá.
Carmen se quedó en casa, cuidándolo. Carmen, la mujer de muslos gruesos, mirada cálida y sonrisa contagiosa. Tolerante. Paciente. Aún más ese día, el tres de marzo cuando Estela nació, y Carlitos se quedó en casa, llora que llora porque "su mamá se iba a reventar el globo de la guata". Porque el papá no lo quiso llevar.
Carmen, con toda su calma cantaba, le conversaba, aunque él no entendía nada. Encontró la cámara fotográfica de su hermano y, aún sin saber cómo usarla, acomodó a Carlos entre esos arbustos del patio de atrás. El pequeño como por arte de magia se calmó, y le pidió naranjas partidas por la mitad con azúcar.
Santo remedio.
A los dos días, Isabel junto al globito reventado volvían a casa. Carlos estaba feliz, junto a sus otros cuatro hermanos, ya que, la única niña que llegaba a casa, les llevaba de regalo muchas cajas con chocolates rellenos y globos de colores. Justo justo cinco.
-Para que veas... -comentó Estela, sonriéndole a Michelle, mientras su abuelo le contaba "la historia del día en que esa mujer revoltosa nació".
Miras como la lluvia cae, y después me miras
(22:04 -Yo te quiero, sabes...)
Es sábado.
Nos despertamos sin nada que hacer. Sin casi nada que hacer.
Tú te levantas y yo me hago la dormida... Hace frío, te sientas en el sillón que está junto a la ventana, miras como la lluvia cae, y después me miras. Yo sé que me miras, pero trato de no sonreír, para que no me pilles.
Siempre te haz fijado en mis gestos. Yo no sé si te los sabes de memoria, o algo... Algo debe haber para que yo sea tan mala actriz cuando estoy contigo.
La tetera hirvió. Suena fuerte, y mientras tu caminas hacia la puerta para ir a preparar café, yo despierto y te digo algo que luego olvidaré. Algo medio chistoso, medio infantil.
Me miras indiferente (de broma) y me dices que me quieres, como si fuese algo malo.
Yo te sigo el juego, como jugamos desde siempre. Pero tu haces trampa. Siempre haces trampa. Siempre ganándome utilizando la fuerza delicada, que te caracteriza, conmigo.
Cosquillas.
Nos vestimos. Vamos a ver la lluvia, con la mirada diréctamente hacia el cielo, y con los ojos abiertos.
-Que blanquitas que son -menciono, refiriéndome a las florcitas de un árbol.
Tú sonríes, y te demoras dos segundos en comenzar a recordarme lo mucho que me quieres.
-¿Quién tú? uuuy, sí... Blanquita tú.
Beso en la mejilla.
-Ya no sé cómo abrazarte -dices con la expresión que ocupan los niños cuando se acaban sus galletas favoritas.
(22:12. En mi casa pienso, con la canción que me enviaste, y que se ha repetido más de tres veces. Y te quiero. Pero te quiero mucho más que hace ocho minutos atrás.)
Es sábado.
Nos despertamos sin nada que hacer. Sin casi nada que hacer.
Tú te levantas y yo me hago la dormida... Hace frío, te sientas en el sillón que está junto a la ventana, miras como la lluvia cae, y después me miras. Yo sé que me miras, pero trato de no sonreír, para que no me pilles.
Siempre te haz fijado en mis gestos. Yo no sé si te los sabes de memoria, o algo... Algo debe haber para que yo sea tan mala actriz cuando estoy contigo.
La tetera hirvió. Suena fuerte, y mientras tu caminas hacia la puerta para ir a preparar café, yo despierto y te digo algo que luego olvidaré. Algo medio chistoso, medio infantil.
Me miras indiferente (de broma) y me dices que me quieres, como si fuese algo malo.
Yo te sigo el juego, como jugamos desde siempre. Pero tu haces trampa. Siempre haces trampa. Siempre ganándome utilizando la fuerza delicada, que te caracteriza, conmigo.
Cosquillas.
Nos vestimos. Vamos a ver la lluvia, con la mirada diréctamente hacia el cielo, y con los ojos abiertos.
-Que blanquitas que son -menciono, refiriéndome a las florcitas de un árbol.
Tú sonríes, y te demoras dos segundos en comenzar a recordarme lo mucho que me quieres.
-¿Quién tú? uuuy, sí... Blanquita tú.
Beso en la mejilla.
-Ya no sé cómo abrazarte -dices con la expresión que ocupan los niños cuando se acaban sus galletas favoritas.
(22:12. En mi casa pienso, con la canción que me enviaste, y que se ha repetido más de tres veces. Y te quiero. Pero te quiero mucho más que hace ocho minutos atrás.)
No se cómo despedirme de ti
Cuando Estela llegó a casa, a eso de las nueve de la noche, encontró, en el sofá rojo, a Michelle y a su invitado, acurrucados, juntos, muy juntos. Primero entró, sigilosa, sin hacer ruido, para no despertarlos. Los observó, con ese rostro maternal tan suyo, aunque nunca tuvo hijos propios. Luego, se dirigió a la cocina, a preparar café con leche condensada, el favorito de Michelle, y pastel de frambuesa.
Él despertó primero. Se inclinó un poco, dirigió la mirada hacia la joven de la sonrisa traviesa y la contempló: blanca, semi desnuda, cálida como nunca antes, y frágil, apegada a su cintura.
Michelle despertó cuando él recorría su vientre con los dedos, y se estremeció. Lo observó por unos segundos que fueron transformándose en minutos intensos y prolongados.
Era delgado, con facciones anguladas y mirada tristona. Su sonrisa estaba al revés, y eso le causó mucha gracia. Le sonrió.
-¿Hasta qué hora los espero? -interrumpió Estela, mirándolos, quizá desde hace cuánto.
Michelle se adelantó, corriendo hasta su habitación y se rebozó con una frazada azul. Se ubicó en su lugar de la mesa y esperó a que Estela terminara de bromear a su ahijado, haciéndolo sonrojar.
Su tía, conversando cada detalle de aquélla jornada en la lavandería, acabó su comida y se fue a bañar.
Michelle miraba, silenciosa, cada gesto del joven que se había encontrado como por arte de magia ese día, cuando llegó de la tiendita.
-Michelle -murmuró él.
Ella lo observó mucho más atenta que a un principio.
-¿Qué edad tienes?
-Casi veinte -respondió.
-¿Y sabes cómo me llamo?
-No -dijo tranquila, poniéndose de pie.
Recogió los platos, las tazas, siempre pendiente de los ojos de aquél que la seguian.
Él tampoco dijo nada. Hasta que estaba en el umbral de la puerta, a punto de irse.
-No sé cómo despedirme de ti -susurró Michelle, sin mirarle.
-¿No quieres saber mi nombre?
-Hoy no -respondió, con un tono dulce, como el sabor a pastel de frambuesas que sintieron, aún en su boca, cuando ella se colgó de su cuello y lo besó, tímidamente.
Él despertó primero. Se inclinó un poco, dirigió la mirada hacia la joven de la sonrisa traviesa y la contempló: blanca, semi desnuda, cálida como nunca antes, y frágil, apegada a su cintura.
Michelle despertó cuando él recorría su vientre con los dedos, y se estremeció. Lo observó por unos segundos que fueron transformándose en minutos intensos y prolongados.
Era delgado, con facciones anguladas y mirada tristona. Su sonrisa estaba al revés, y eso le causó mucha gracia. Le sonrió.
-¿Hasta qué hora los espero? -interrumpió Estela, mirándolos, quizá desde hace cuánto.
Michelle se adelantó, corriendo hasta su habitación y se rebozó con una frazada azul. Se ubicó en su lugar de la mesa y esperó a que Estela terminara de bromear a su ahijado, haciéndolo sonrojar.
Su tía, conversando cada detalle de aquélla jornada en la lavandería, acabó su comida y se fue a bañar.
Michelle miraba, silenciosa, cada gesto del joven que se había encontrado como por arte de magia ese día, cuando llegó de la tiendita.
-Michelle -murmuró él.
Ella lo observó mucho más atenta que a un principio.
-¿Qué edad tienes?
-Casi veinte -respondió.
-¿Y sabes cómo me llamo?
-No -dijo tranquila, poniéndose de pie.
Recogió los platos, las tazas, siempre pendiente de los ojos de aquél que la seguian.
Él tampoco dijo nada. Hasta que estaba en el umbral de la puerta, a punto de irse.
-No sé cómo despedirme de ti -susurró Michelle, sin mirarle.
-¿No quieres saber mi nombre?
-Hoy no -respondió, con un tono dulce, como el sabor a pastel de frambuesas que sintieron, aún en su boca, cuando ella se colgó de su cuello y lo besó, tímidamente.
Por eso no toco ese tema
No sé qué propósito desea cumplir una madre cuando deja de hablarle a su hija.
¿Acaso le enseña? ¿Acaso esa es la forma de acercarse más a ella?
No lo sé.
Cuando tenía dieciséis, fue cuando más necesité a mamá. Yo creo que por eso, ahora que me dedico a pintar, nunca he tocado ese tema. Dolor, debe ser. O resentimiento, aunque cueste asumirlo.
La mayoría de las madres, están hechas para perdonarle a sus hijos la mayoría de las estupideces que estos hacen en la juventud, es su esencia, dice mi tía Estela. Yo me río. Igual me cuesta creerlo. Aunque, las pocas veces que prendo la televisión, en cualquier formato aparece una madre y su hijo/a abrazándose, emocionados.
Me gustaría saber dónde o qué está haciendo mamá ahora. Cenando, de seguro. Con sus hijos, los que eligió para que fuesen con ella.
Sí, yo creo que por eso, por eso no toco ese tema.
Por eso pinto.
Michelle.
¿Acaso le enseña? ¿Acaso esa es la forma de acercarse más a ella?
No lo sé.
Cuando tenía dieciséis, fue cuando más necesité a mamá. Yo creo que por eso, ahora que me dedico a pintar, nunca he tocado ese tema. Dolor, debe ser. O resentimiento, aunque cueste asumirlo.
La mayoría de las madres, están hechas para perdonarle a sus hijos la mayoría de las estupideces que estos hacen en la juventud, es su esencia, dice mi tía Estela. Yo me río. Igual me cuesta creerlo. Aunque, las pocas veces que prendo la televisión, en cualquier formato aparece una madre y su hijo/a abrazándose, emocionados.
Me gustaría saber dónde o qué está haciendo mamá ahora. Cenando, de seguro. Con sus hijos, los que eligió para que fuesen con ella.
Sí, yo creo que por eso, por eso no toco ese tema.
Por eso pinto.
Michelle.
Era invierno pero había sol
Michelle llega de la tiendita y lanza su bolso con burbujas donde caiga, se quita los zapatos y la blusa. Abre el refrigerador y sorbetea la mitad de una naranja dulzona.
Escucha cómo su vecina, Matilde, escucha a todo lo que da una música súper fuerte, pero con solo cerrar las ventanas se siente un poquito menos.
Michelle, al llegar a su casa, luego de comerse el resto de la naranja, toma su libro de Ruben Darío y grita algún poema, ese día 'bouquet' fue el elegido, sin querer.
Iba en el sexto verso, cuando unos pasos lentos, y el teléfono celeste, con forma de zapato, le advirtieron de que no estaba sola en casa.
Estela me prestó su casa porque Michelle iría a quedarse al departamento de su padre.
Bebí mucho. Y solo. Escuchando la canción que me recuerda a Michelle, aunque ella no lo sabe.
Me dormí, no sé a qué hora, tumbado tras el sofá donde la vi, acurrucada el día de navidad. Nuestro primer día.
Era un diecisiete de agosto. Había sol. Cuando me desperté a las ocho de la mañana, miré por la ventana y seguí durmiendo, ahí mismo.
Cuando eran las 2, calculo, sentí ruidos. Estela, pensé. Sentí como trajinaban en la cocina, después en la habitación que Estela le había acomodado a Michelle. Sonreí. Sonreí al recordar el rostro que se le dibujaba cuando veía el sol de invierno.
Media hora más tarde, sonó el teléfono. Me levanté como pude, no pasé buena noche.
Con los ojos cerrados me dirigí hacia donde ha estado el aparato que casi me partía la cabeza, donde ha estado siempre.
Abrí los ojos y ahí estaba.
El teléfono seguía sonando, agudo, chillón. Yo no pensé en contestar. Michelle, que estaba frente a mi, con el torso desnudo, me sonreía. Como siempre.
No dije hola, tartamudeé.
Ella no contestó el teléfono.
Escucha cómo su vecina, Matilde, escucha a todo lo que da una música súper fuerte, pero con solo cerrar las ventanas se siente un poquito menos.
Michelle, al llegar a su casa, luego de comerse el resto de la naranja, toma su libro de Ruben Darío y grita algún poema, ese día 'bouquet' fue el elegido, sin querer.
Iba en el sexto verso, cuando unos pasos lentos, y el teléfono celeste, con forma de zapato, le advirtieron de que no estaba sola en casa.
Estela me prestó su casa porque Michelle iría a quedarse al departamento de su padre.
Bebí mucho. Y solo. Escuchando la canción que me recuerda a Michelle, aunque ella no lo sabe.
Me dormí, no sé a qué hora, tumbado tras el sofá donde la vi, acurrucada el día de navidad. Nuestro primer día.
Era un diecisiete de agosto. Había sol. Cuando me desperté a las ocho de la mañana, miré por la ventana y seguí durmiendo, ahí mismo.
Cuando eran las 2, calculo, sentí ruidos. Estela, pensé. Sentí como trajinaban en la cocina, después en la habitación que Estela le había acomodado a Michelle. Sonreí. Sonreí al recordar el rostro que se le dibujaba cuando veía el sol de invierno.
Media hora más tarde, sonó el teléfono. Me levanté como pude, no pasé buena noche.
Con los ojos cerrados me dirigí hacia donde ha estado el aparato que casi me partía la cabeza, donde ha estado siempre.
Abrí los ojos y ahí estaba.
El teléfono seguía sonando, agudo, chillón. Yo no pensé en contestar. Michelle, que estaba frente a mi, con el torso desnudo, me sonreía. Como siempre.
No dije hola, tartamudeé.
Ella no contestó el teléfono.
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